Aprender a mirar al estilo de Jesús

Los misioneros nos encontramos a menudo con testimonios maravillosos de personas que viven su fe de forma admirable. Son hombres y mujeres que pasan por el mundo sin hacer mucho ruido, pero que saben mirar al otro de forma diferente, para hacer realidad el sueño de Jesús. Son personas que no salen en los medios de comunicación, pero que nos “iluminan”.

Hoy quiero hablaros de una mujer excepcional, dedicada al servicio de los más necesitados. Elizabeth era una mujer de mediana edad y de apariencia débil. De pocas palabras y más bien tímida; en su rostro se dibujaba una sonrisa agradable. Vestía de forma sencilla, sin pretender nunca llamar la atención. Vivía en una pequeña aldea de Sudán del Sur y trabajaba en el dispensario de la misión. No lejos de allí estaba su casa, que consistía en una modesta, pero amplia, choza..

Lo más significativo es que alrededor de su casa había media docena de cabañas donde vivían todos aquellos que no tenían donde ir. Era el punto de referencia de los que habían perdido a su familia, ya fueran niños, enfermos, ciegos o discapacitados. Ver aquella familia, tan variada, era como leer una de esas páginas del Evangelio donde se nos habla de todos aquellos excluidos que esperaban ser curados por Jesús.

En las culturas de Sudán del Sur las familias nunca abandonan a sus miembros. Sin embargo, durante la guerra la gente tuvo que huir y, en muchas ocasiones, ya no lograron reencontrarse. Afortunadamente, gente como Elizabeth entendieron que la familia no es solo cuestión de sangre, sino que es saber mirar al otro con ojos diferentes: ser capaz de ver en un persona que no conozco a mi hermano o hermana; mi padre o mi madre; mi hijo o mi hija.

Aprender a mirar así a los demás no sucede de forma espontánea. Es el fruto de haber descubierto a Jesús y seguir sus huellas. No son cosas que se aprendan en los libros, de hecho, Elizabeth, como la gran mayoría de las mujeres en Sudán del Sur, nunca pisó una escuela. Pero al escuchar el Evangelio aprendió a mirar a las personas que había a su alrededor de forma diferente para hacer realidad el sueño de Jesús. El Reino de Dios acontece cada vez que vivimos como una familia respondiendo a las necesidades de todos, especialmente de los más vulnerables.


El Reino de Dios acontece cada vez que vivimos como una familia respondiendo a las necesidades de todos, especialmente las de los más vulnerables

Todos los jueves por la tarde se sentaban para escuchar el Evangelio y luego compartir lo que Jesús les había dicho a través de su Palabra. En esta pequeña comunidad tan variada cada uno contribuía en la medida de sus posibilidades. Los que podían cultivar, trabajaban un pequeño huerto para obtener cacahuetes y sorgo. Otros cuidaban de las cabras y la gallinas. Elizabeth colaboraba con su salario en el dispensario. Y desde la parroquia también se contribuía de diversas formas.

Los que vivían allí sabían que aquel lugar era su casa y todos eran una familia. Habían pasado de estar solos, sin importar a nadie, a descubrir que ellos, a pesar de su debilidad, podían ser amados y aceptados como eran; y también que podían contribuir y ayudar a los demás.

Elisabeth conoció a Jesús a través de los misioneros. Los primeros habían llegado a Sudán del Sur hace unos 100 años, dedicando todas sus fuerzas a anunciar el Evangelio. Eran muy pocos comparados con una población tan grande y dispersa, que además hablaba muchas lenguas diversas. Esas limitaciones hicieron que la evangelización se llevara a cabo sobre todo por los catequistas, personas sencillas que quisieron llevar el Evangelio a la vida.

Su testimonio animó a otros a descubrir que este es un camino que nos conduce a una vida más plena, aunque también supone tener que abandonar proyectos personales para ponerse al servicio de los demás.

El Plan que Daniel Comboni pensó para África era “Salvar África con África”. El ejemplo de Elizabeth hace realidad esta idea. Ella conocía bien la necesidad de su gente y trabajó para que todos vivieran en plenitud. El valor de este testimonio es muy importante para toda la gente. Saben que es una mujer sencilla y humilde pero capaz de superar todas las dificultades porque tiene esperanza —no en sus fuerzas— sino en las que Dios le da.

El trabajo de los misioneros no se podría llevar a cabo sin personas como Elizabeth, que abren su casa y se hacen familia del necesitado. Ser cristiano no puede limitarse a seguir una serie de preceptos. La Pascua que estamos celebrando es una invitación a mirar a Jesús resucitado y dejarnos conducir por Él. De esta forma podemos llevar nuestra fe al colegio, al trabajo, a la calle o a casa.