Navidad en misión

Luces, regalos, anuncios, música, pero por encima de todo, comprar. Con frecuencia, nuestra Navidad se reduce a esto; poco queda del mensaje original de la Navidad: Dios se hace uno de nosotros para compartir su vida y caminar a nuestro lado.

La tarde del día 24 comenzaron a llegar personas para preparar la celebración. No teníamos iglesia, pero había unos troncos en el suelo que servían de bancos. Un grupo de mujeres barría el lugar para que estuviera decente. El coro, formado por un grupo de chicas y chicos, ensayaba los cantos para esa misa tan especial. El grupo de jóvenes preparaba adornos para colgar alrededor del altar y entre los bancos. Finalmente, los encargados de la lectura buscaban a los que iban a leer y hacer las peticiones.

Poco a poco llegaba la gente con sus mejores vestidos. Aparecían niños por todas partes que se acomodaban delante. Había un grupo de adultos, que se encargaba de la organización para ir dirigiendo a las personas a los lugares adecuados. A poca distancia había una hoguera donde se calentaban los tambores para tensar la piel que los cubre y produjeran un buen sonido. También el grupo de los monaguillos se vestía con sus ropas especiales y se distribuían diversas tareas. Por fin, comenzaba el canto de entrada y la procesión que daba inicio a la Eucaristía. La Misa de Navidad se vivía de forma especial, pero sobre todo sin prisa, duraba unas dos horas, con muchos cantos y espacios para la participación.

Un momento muy significativo era el momento de las ofrendas donde las diversas comunidades compartían con los demás miembros de la asamblea. También la liturgia de la paz se vivía con mucha intensidad, porque la armonía era un valor muy apreciado entre este pueblo.

En la cultura local, el nacimiento de un niño o una niña era siempre un motivo de alegría y celebración. Una nueva vida se hacía presente y todos se alegraban porque había un miembro más en la familia. Representaba también seguridad para el futuro, ya que el clan continuaría a lo largo de la historia.


Recuerdo mi primera Navidad en una pequeña misión en un remoto lugar de Sudán del Sur.


En las religiones tradicionales, Dios es un ser todopoderoso, pero distante al que uno no puede acercarse. A través de sus espíritus puede dar la vida y la muerte, la salud y la enfermedad. A la divinidad solo se puede acceder por sus intermediarios, que son los ancestros y los sacerdotes.

En la Navidad Jesús se hace hermano, cercano a nosotros. Es Dios mismo que se comunica de la forma más humilde posible, en un pequeño niño que nace en un pesebre. La Navidad es una gran noticia liberadora para tantas culturas tradicionales que viven con la creencia de un Dios distante. Este niño que nacía en nuestra pequeña aldea era señal de esperanza, porque Dios compartía nuestros problemas y dificultades. Reunidos en torno a Él descubríamos que todos éramos hermanos y hermanas con un deseo de transformar nuestra comunidad en un lugar donde hubiese vida. Ese Dios pequeño e indefenso nace en todas las culturas, rompiendo así las divisiones artificiales y egoístas que a menudo creamos entre nosotros. En Belén todos nos hacemos hermanos. La lengua, el color, las tradiciones, las formas de pensar, no son un obstáculo para saber que pertenecemos a una misma familia.

Con todo esto vemos cómo en la misión la Navidad se vive de forma muy diferente. Lejos de la influencia de las grandes centros comerciales, lo que realmente importa es vivir este tiempo como una oportunidad de ser más sensibles a las necesidades de los demás.

Cuando no se tienen muchas cosas que dar, uno descubre que lo más valioso que posee es uno mismo: su tiempo, su amistad, su compañía. Lo que realmente somos es mucho más importante que todas las cosas que podamos regalar a los demás. Esta es una gran lección que podemos aprender de aquellos que tienen menos pero que son capaces de compartir más sus vidas.