Dándolo todo en la Escuela de Carapira

El Hno. João Paulo, misionero comboniano portugués, decidió un día dedicar su vida a ayudar a los demás niños y niñas a tener un futuro mejor. Nos cuenta su trabajo en la Escuela Industrial de Carapira, en Mozambique, donde ha ayudado a muchos jóvenes a formarse como mecánicos durante más de diez años.

Hola amigos. Me llamo João y tengo 49 años. Nací en Vagos, Aveiro (Portugal). Hasta los 12 años estudiaba como todos mis compañeros. Pero cuando descubrí lo que pasaba a miles de niños y niñas en todo el mundo, empecé a pensar que yo podía hacer algo a su favor. Mi conclusión fue que daría toda mi vida para ayudarles y por eso entré en los misioneros combonianos. Por supuesto que seguí estudiando mucho y en la universidad estudié Ingeniería Mecánica. Al terminar mis estudios partí para Mozambique y comencé a trabajar en la Escuela Industrial de Carapira, un pequeño pueblo de la provincia de Nampula, al norte del país.

A la Escuela, —que es el equivalente a un Instituto de Formación Profesional— los alumnos llegan de muy lejos y algunos tienen que viajar dos días para llegar. Por eso el centro cuenta con un internado, lo que significa que muchos solo pueden ver a su familia durante las vacaciones.

La disciplina y el orden es fundamental. Cada estudiante lava su propia ropa y ellos mismos limpian las aulas, los dormitorios, el comedor y toda la escuela.

Nuestro lema es “Hacer de la escuela una gran familia” y allí los chicos aprenden de verdad valores humanos, sociales y religiosos. Desde el inicio de mi trabajo en la Escuela me impactó mucho ver cómo los alumnos estudiaban, trabajaban, convivían y se divertían con la mayor naturalidad, respetándose los unos a los otros.


¡Abre los ojos, las manos y el corazón a tu hermano y hermana! ¡Te aseguro que serás feliz!

Entre un 25 y un 30 por ciento de los alumnos son musulmanes, pero todos se respetan y nunca ha habido ningún problema por sus creencias religiosas.

Los alumnos pueden estudiar mecánica y metalurgia. Ambos cursos ofrecen buenas perspectivas de trabajo, además, pueden seguir estudiando y llegar hasta la universidad, si lo desean y sus padres tienen posibilidades.

Durante más de diez años enseñé varias materias de Mecánica del Automóvil.

Ahora le doy muchas gracias a Dios por haberme llevado hasta Carapira y poder contribuir con la educación y el futuro de tantos jóvenes mozambiqueños.

Además de enseñar en la Escuela, tuve la oportunidad de apoyar a los pequeños sin acceso a la educación básica. Como muchos niños y niñas tenían que caminar hasta una hora y media para llegar a la escuela más cercana, empezamos a buscar ayuda para poder comprar material escolar y abrir nuevas escuelas, donde no existían. Y lo mismo hicimos para los hombres y mujeres que querían aprender a leer y escribir. El resultado de este trabajo fue enorme. Al final de cuatro años, había más de 8.000 niños y niñas en estas nuevas escuelas y los adultos casi llegaban a los 5.000.

No todo fue un camino de miel y rosas, como es lógico: también tuve dificultades debido al calor, las enfermedades, el trabajo intenso. Pero a pesar de todo, nunca me he arrepentido de la decisión que tomé de ser misionero y hoy, si tuviera que empezar de nuevo, volvería a serlo.

Para mí lo más importante en la vida es poder ser útil a los demás, y no hay nada en este mundo que pueda pagar este sentimiento.

Os lo aseguro: soy feliz porque con mi vida, así de sencilla, he contribuido a mejorar la vida y el futuro de miles de personas. No yo solo, claro, pero si yo no hubiera estado allí, la historia personal de muchas de las personas con las que conviví y a las que enseñé, no hubiera sido igual... Ni para ellos, ni para mí. Le doy gracias a Dios por los años de servicio misionero. Él me sostuvo en las dificultades.

Desde aquí, te digo: ¡Abre los ojos, las manos y el corazón a tu hermano y hermana! ¡Te aseguro que serás feliz!