Un final feliz

Ntokhoso Ngwenya tiene 18 años, es una chica simpática, muy responsable en el colegio y en su casa, donde ayuda mucho a su familia de acogida. Su infancia fue muy difícil, pero hoy podemos decir que su vida es una historia triste con un final feliz.

Ntokhoso vivía en una chabola en la ciudad periférica de Mamelodi, a unos 20km. de la capital de Sudáfrica, Pretoria. Vivía allí con su madre, ya que su padre las había abandonado a las dos. Cuando tenía dos años de edad, un día se acercó su padre a visitarlas. La madre de Ntokhoso salió con ella en brazos a la puerta de la chabola y tras una acalorada discusión el padre sacó un arma y disparó a la madre matándola al instante. La bala atravesó el hombro de Ntokhoso y quedó herida, pero no de gravedad. Después de recuperarse en un hospital, su abuela Sara la acogió en su chabola.

Fue en este período donde la abuela Sara y su nieta Ntokhoso vivieron juntas y frecuentaron la parroquia de San Daniel Comboni en Mahube Valley, Mamelodi. La niña era muy inquieta, pero no se separaba nunca de su abuela. En la parroquia la tratamos de ayudar integrándola en la catequesis y posteriormente en el equipo de monaguillos. Sus ojos vivarachos y su mirada limpia llamaban la atención. La abuela era una fi el cristiana que pertenecía a una asociación donde se dedicaban a visitar enfermos y atender las necesidades sociales del barrio. Cuando iba a visitarlas, siempre me recibían con mucha amabilidad y Ntokhoso mostraba una gran alegría al verme entrar en la chabola.

En cierta ocasión llegaron a la parroquia dos chicos refugiados de la vecina Zimbabue, eran hermanos y buscaban un lugar donde vivir. Cuál fue mi sorpresa cuando la señora Sara se ofreció a darles alojamiento a los dos hermanos zimbabuenses. Había gente que sin ser ricas tenían más posibilidades de albergar a unos extranjeros, pero la chabola de Sara y su nieta abrió sus puertas a estos dos muchachos.


"Hoy es una joven de 18 años, estudiante. Vive en casa de su familia de acogida, es feliz...".


Pero cuando las cosas parecía que iban mejorando, me llegó un día por la mañana una triste noticia, después de una corta enfermedad Sara, la abuela de nuestra amiga, había fallecido. Mi pensamiento se volvió otra vez a Nthokhoso. Tuve que presidir el funeral y fue muy triste para mí. Yo pensaba: ahora quién se iba a quedar con la niña? Fueron tiempos difíciles, pero al final una tía lejana se la llevó a unos 400 kilómetros lejos de Mamelodi. Pensé que ya no la volveríamos a ver. Pero esto no fue lo peor ya que al cabo de un año también falleció esta tía. ¡Dios mío cuánto dolor! ¡Pobre niña! Yo no podía intervenir ya que era un asunto familiar.

Al cabo de un mes llegó una señora conocida de la parroquia que pidió hablar conmigo. “Padre, ¿se acuerda de Ntokhoso?” “¡Claro que me acuerdo!”, le dije. “Pues me la traigo aquí a Mahube Valley a mi casa para que pueda vivir, crecer y estudiar con mis dos hijas, que tienen la misma edad”, me dijo la buena mujer. Al domingo siguiente me alegré un montón de ver entrar por la puerta de la iglesia a Ntokhoso Ngwenya. Había crecido mucho, se había puesto muy guapa y conservaba la misma sonrisa y los mismos ojos vivarachos. La parroquia la recibió nuevamente con alegría.

Hoy es una joven de 18 años, estudiante. Vive en casa de su familia de acogida, es feliz aunque estoy seguro que no podrá olvidar jamás los disparos que mataron a su madre delante de ella, ni la muerte de su abuela ni la de su tía. Os cuento su historia para que nunca dejéis de dar gracias a Dios por lo que sois y tenéis y, sobre todo, por vuestra familia. Que el ejemplo de Ntokhoso te ayude a tomar decisiones importantes en la vida, aun a pesar de las dificultades; ella lo hizo, tú también puedes, porque todos somos capaces.