Fútbol por la paz

Un partido de fútbol sirvió para romper el ambiente de desconfianza generado en la misión de Glen Cowie. El Hno. Erich fue el impulsor de esta idea que sirvió para reconciliar a jóvenes y policía.

Hoy estamos en la misión de Glen Cowie en Sudáfrica a unos 350 km hacia el norte de la capital, Pretoria. La provincia se llama Limpopo y la mayoría de sus habitantes son de la etnia sotho y la lengua hablada es el sesotho. Existe allí una misión católica que fue fundada en 1929 por un grupo de misioneros combonianos alemanes, juntamente con unas misioneras irlandesas del Instituto de la Bienaventurada Virgen María. La misión creció en pocos años. Empezaron con una pequeña clínica para atender a las madres, un huerto, una carpintería, un colegio e internado para chicas y un molino. Con todos estos proyectos, los misioneros iniciaron un proceso de evangelización en toda la zona que abarca un radio de unos 100 km. Hoy día es una misión consolidada que cuenta ya con africanos que están llevando a cabo estos trabajos de evangelización y de promoción humana.

Lo que era el antiguo dispensario de la misión, hoy es un hospital con una capacidad para más de 100 camas. El molino y la carpintería son dos focos de desarrollo que se han convertido en puntos de referencia para la zona. Todo esto significa que en el recinto de la misión y alrededores hay mucha actividad y muchos hombres y mujeres empleados en trabajos profesionales.

Donde se mueven actividades profesionales hay negocios, hay dinero y hay también progreso. Yo fui testigo de unos acontecimientos donde la tentación del dinero fácil, es decir de los robos, iba en aumento y provocó en toda la misión de Glen Cowie una gran sensación de inseguridad. Muchos días por la mañana venía la gente a quejarse de que “esta noche nos han entrado a robar otra vez” o que en el local donde las señoras tenían un pequeño taller de costura para conseguir algunos ahorrillos, el dinero y el material habían desaparecido. Enseguida nos empezamos a movilizar, reuniones y más reuniones, para llegar a la conclusión que teníamos que avisar a la Policía. El jefe de policía local nos ofreció una patrulla para vigilar durante la noche. Pero la cosa no funcionó. ¿Por qué? Pues porque los perros de la misión no sabían distinguir entre un policía y un ladrón y se pasaban toda la noche ladrando sin dejar dormir a los que vivíamos allí.


El hermano Erich organizó un partido entre la policía y los chicos de la misión, donde entre ellos había alguno de los ladronzuelos.


La tensión siguió creciendo, porque la policía aunque consiguiera efectuar algunas detenciones, después de un corto e insignificante interrogatorio, los volvían a soltar. Con todo ello se creó un clima enrarecido en la misión. Ya no había alegría, los unos pensaban mal de los otros y sinceramente, el trabajo que hacía la policía dejaba mucho que desear. ¿Qué podíamos hacer para recuperar un clima de confianza y armonía?

La solución llegó pronto. El hermano Erich Fischnaller, misionero comboniano, que era el encargado de la carpintería y gran aficionado al fútbol, organizó un partido entre la policía y los chicos de la misión, donde entre ellos había alguno de los ladronzuelos. La propuesta no fue aceptada con facilidad, ya que todos recelaban de la conveniencia del evento deportivo. Finalmente se estableció el día y la hora. El equipo de los agentes llegó a Glen Cowie con varios vehículos policiales, de los que descendieron con el pantalón corto, una camiseta de deporte de la policía y las botas de fútbol. Los chicos de Glen Cowie, con equipaciones más pobres pero con una misma camiseta del Inter de Milán, que les había conseguido el hermano Erich.

El partido empezó y fui testigo de que alguna patada innecesaria se escapó por ambas partes. Ganó el equipo de la Policía por 4-2, pero lo que cuenta es lo que sucedió en el momento en que el árbitro –que era por cierto el hermano comboniano,–pitó el final del partido: todos se abrazaron, se saludaron y sin palabras firmaron un pacto de reconciliación. Los pocos espectadores que estábamos allí aplaudimos emocionados porque algo nuevo había nacido. En Glen Cowie volvimos a vivir tiempos de paz y todos aprendieron a respetarse.