Joven y misionero

Javier Vega Medina fue un postulante comboniano que de muy joven sintió la llamada de la misión. Aún siendo postulante un fatídico accidente truncó sus planes. Sencillo y generoso, sus palabras, cuando se le preguntó “por qué quieres ser misionero” aún nos interpelan: “porque hacen falta muchos y yo puedo hacerlo”. ¿Alguien se atreve a coger el relevo de Javier?

El 4 de marzo de 1963, nacía en la localidad de Quintanilla del Monte (León), Javier Vega Medina, el segundo hijo de una familia de cuatro hermanos. Fue bautizado con el nombre de Javier, quizá pensando en el gran misionero español Francisco Javier, compañero y amigo de San Ignacio de Loyola.

La familia de Javier Vega Medina era gente muy sencilla de la montaña leonesa, que se dedicaban a las tareas del campo. Hoy viven todos en León. Su padre, que ya falleció, era pastor de ovejas, conocía muy bien la dureza de la vida campesina que combinaba con el cuidado de unas pocas vacas en casa para alimentar a sus cuatro hijos. Su madre, Teodora, mujer de una gran simpatía y capacidad de trato, atendía exquisitamente a los huéspedes con abundantes meriendas, preparadas con alimentos caseros que producía en su casa.

Siendo Javier muy joven, ingresó en el Colegio Apostólico, precisamente de San Francisco Javier que tenían los Misioneros Combonianos en Saldaña (Palencia). Allí cursó sus estudios básicos y de Bachillerato. Cuando los alumnos del Colegio San Francisco Javier terminaban 4º de Bachillerato (actualmente 4º ESO), podían optar libremente por continuar su proceso vocacional en el Seminario San Pedro Claver, también de los Misioneros Combonianos en Palencia, cursando 5º y 6º de Bachillerato (actualmente 1º y 2º de Bachillerato). Javier decidió continuar ya que quería ser misionero. Un día en una agradable conversación en mi despacho le pregunté abiertamente: “Javi, ¿por qué quieres ser misionero?” y él me respondió sin tapujos y muy libremente: “Porque hacen falta muchos y yo puedo hacerlo”.


La familia de Javier Vega Medina era gente muy sencilla de la montaña leonesa, que se dedicaban a las tareas del campo.


Por aquel tiempo, Javi sufría unos problemas en su columna vertebral que le impedían hacer deporte con normalidad. A pesar de su juventud y por prescripción médica tenía que llevar siempre un corsé ortopédico que le limitaba bastante, pero que no le impedía ir en bicicleta, como sus compañeros, todos los días a clases a uno de los Institutos de Palencia.

Finalizó los estudios de Bachillerato y llegó uno de los momentos decisivos para él, ya que tenía que decidir si continuaba sus estudios para empezar el Postulantado, que es la primera etapa formativa hacia el futuro sacerdocio misionero. Javier dijo que sí, que quería continuar y que sentía que Jesús le llamaba para ser misionero. En el curso 1983-1984, inició el Postulantado en los Misioneros Combonianos de Granada donde combinaba esta actividad con los estudios de Filosofía. Todo iba bien y daba señales de que estaba contento con aquella decisión que había tomado.

Pero sucedió algo que cambió completamente esta historia. El día 8 de diciembre de 1983, Javier Vega con sus compañeros del Postulantado y sus formadores se marcharon a Sierra Nevada, en Granada, para gozar un día de excursión en la nieve. De repente Javi, junto con algunos de sus compañeros jugando en la nieve, se deslizó sentado encima de un plástico, perdió el control y fue a estrellarse contra un poste que estaba en la pista. Después de una rápida intervención de la Guardia Civil, Javi fue llevado al Hospital de Granada y al poco rato falleció.

El día de su funeral, en la pequeña iglesia parroquial de Quintanilla del Monte, –llena de gente y con muchos de sus compañeros jóvenes– el sacerdote que presidía la celebración preguntó: “¿Hay alguno entre vosotros que esté dispuesto a tomar el lugar de Javi y quiera ser misionero? La pregunta sigue abierta y se buscan voluntarios para responderla.