Un esclavo en Roma

El niño Sorur creció en la misión felizmente con otros muchachos. Daniel Comboni y sus misioneros le dieron el cariño, la protección y la educación que necesita un niño a esta edad. Finalmente fue bautizado y confirmado por el mismo Daniel Comboni, que le puso de nombre Daniel.

Sucedió en Jartum (Sudán). Un día por la noche cuando la ciudad ya estaba casi en silencio, un niño avanzaba por las calles en la oscuridad hacia la misión. De repente llamó al portón y el anciano guardián de nombre Abd Allah, que ya estaba medio dormido, se despertó y corriendo hacia la puerta, la abrió y se encontró con un niño de nueve años que quería hablar con el dueño de la casa. El guardián se sorprendió de la hora de la noche y de la edad del niño.

Pacientemente le hizo entrar en la misión, atravesó el patio y entró en la casa de los misioneros. Allí lo recibió un misionero más bien robusto y con una abundante barba, de nombre Daniel Comboni. Los otros misioneros ya estaban retirados en sus habitaciones. Comboni le preguntó al niño. «¿Cómo te llamas?», y el respondió: «Sorur es mi nombre». Comboni no podía salir de su asombro por el desparpajo del muchacho y le siguió preguntando: «¿De dónde vienes?» a lo que Sorur dijo: «Me ha comprado un esclavista y acabo de escaparme para pedirte ayuda. Mi patrono es el señor Tefaala, un propietario de camellos y me trata como a un esclavo». El diálogo continuó, nos imaginamos que Daniel Comboni le dio comida, la posibilidad de lavarse y le ofreció una cama en el dormitorio donde vivían los otros muchachos que estaban en la misión y que recibían clases de los misioneros.

Todo esto que te estoy contando sucedió en 1873 y hay documentos que acreditan la veracidad de esta historia. Pero, sigamos.

El padre de Sorur había muerto unas semanas antes a manos de los esclavistas, cuando trataba de impedir que estos se llevaran como esclavos a su mujer e hijos. Más tarde, la madre siendo esclava se presentó un día en la misión y le suplicó a Daniel Comboni que quería llevarse a su hijo Sorur, para que se hiciese musulmán. Sorur respondió: «Yo solo quiero seguir al Dios de los cristianos». La madre lo intentó varias veces sin lograr convencer a su hijo.


«Yo solo quiero seguir al Dios de los cristianos», dijo Sorur cuando su madre quería hacerle musulmán


Un día aparecieron en la puerta de la misión dos vacas y dos terneros atados, que el esclavista Tefaala ofrecía a cambio del niño Sorur. La verdad es que Comboni se enfadó mucho aquel día con esta propuesta y dijo que la misión ni compraba personas por dinero ni los cambiaba por animales.

El niño Sorur creció en la misión felizmente con otros muchachos. Daniel Comboni y sus misioneros le dieron el cariño, la protección y la educación que necesita un niño a esta edad. Finalmente fue bautizado y confirmado por el mismo Daniel Comboni, que le puso de nombre Daniel. Quizá se lo pidió él mismo.

Daniel Sorur, de la tribu dinka, era alto, fuerte y parece que muy inteligente. Muy pronto se juntó en la misión con otro muchacho joven llamado Arturo Morsal. Ambos manifestaron mucho interés por ser y vivir tal como ellos veían en el ejemplo de los misioneros que los habían acogido en la misión de Jartum.

Por eso Comboni, en 1877, se los llevó a Roma para que pudiesen continuar sus estudios en el Pontificio Colegio Urbano. Testigos de aquella época nos dicen que Daniel Sorur y su compañero fueron unos buenos estudiantes y que posteriormente se prepararon para ser sacerdotes, o sea misioneros de su propia gente dinka.

Daniel Sorur fue finalmente ordenado sacerdote en Roma y regresó a su tierra natal en Sudán del Sur. Era un buen sacerdote y misionero. Nos dicen que escribía mucho y es por eso que se conservan hoy día algunos de sus diarios. Pero, siento tener que acabar esta historia de forma triste. Daniel Sorur, después de una corta enfermedad y debido a las fiebres, murió joven, a los 29 años. Pero no, no queremos estar tristes, Daniel Sorur es un bonito ejemplo de generosidad, de querer ayudar a sus propios hermanos y de luchar contra la esclavitud.

¡Gracias Daniel Sorur por tu bonito ejemplo!