El monaguillo Samuel

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Hay una historia en la Biblia sobre un niño de nombre Samuel que está en edad «aguiluchera» y que Dios lo escoge para que pueda hacer cosas grandes.

La historia sucedió hace muchos años, antes de que naciera Jesús. ¿Un niño?, pero si los mayores son los que mandaban, los que gobernaban, los que organizaban, los que decidían… Y, ¿Dios se fija en un niño de corta edad?

Samuel era una especie de monaguillo de Elí, uno de los sacerdotes del templo de Jerusalén. Seguro que los padres de Samuel le habían confiado la educación y la formación a este sacerdote del templo que sin duda debía ser un hombre honesto, un sacerdote bueno y que debía tener capacidades para educar al joven niño Samuel.

La historia, que la puedes encontrar en 1 Samuel 3, 1-10, nos sitúa durante la noche. Seguro que en el templo de Jerusalén todo estaba en silencio. El templo era un lugar muy especial, tanto que allí los sacerdotes se encargaban de custodiar el Arca de la Alianza. Durante el día había un gran trajín de peregrinos, sacrificios de animales y multitud de rituales propios del mundo judío. Una vez entrada la noche, el sacerdote Elí se acostaba en su habitación y en otra más pequeña descansaba el niño Samuel.

Nos dice el relato que «sus ojos se habían debilitado y ya no podía ver», es una forma de decir que tenía mucho sueño y quería dormir. De repente se oyó una voz, que no era normal, sonaba fuerte y parecía como que viniese de otro mundo: «¡Samuel, Samuel!», al momento se levantó de la cama el niño y con gran rapidez se fue a la puerta del sacerdote Elí para decirle: «Aquí estoy, pues me has llamado». Elí dijo: «No te he llamado; vuelve a dormir». Samuel se quedó un poco perplejo pensando que había sido un sueño y con los ojos medio cerrados, regresó a la cama y quedó automáticamente dormido otra vez.


Tú, «aguilucho», que tienes en tus manos esta revista, ¿has pensado que la historia de Samuel puede ser la tuya?


La cosa empezó a preocupar a Samuel, cuando bien entrada la noche, sintió otra vez la misma voz que le llamaba: «¡Samuel!». Pegó otro salto en la cama y seguro que pensó que no era un sueño y que estaba seguro de que había oído esta extraordinaria voz. Se fue corriendo otra vez a la habitación del sacerdote Elí, para repetirle «Aquí estoy, pues me has llamado». No cabe duda de que Samuel era muy obediente y Elí respondió nuevamente: «No te he llamado; vuelve a acostarte, hijo mío». A este punto Samuel se empezó a mosquear, «pero ¿qué está pasando? Oigo una voz, respondo al sacerdote y resulta que no es él. Aquí sucede algo».

Nos dice la Biblia que esto sucedió incluso una tercera vez, a lo que Samuel respondió con prontitud: «Aquí estoy pues me has llamado». Es aquí en este momento, en la tercera llamada, cuando el anciano sacerdote, que era muy listo y sabía reconocer la voz de Dios, se dio cuenta que las voces que escuchaba Samuel, eran, nada más y nada menos, que la voz de Dios. Sí, el Dios que vivía en el templo de Jerusalén, le estaba llamando a él personalmente, por eso el sacerdote Elí respondió: «Vete a acostarte, y si te llaman, dirás: Habla, Señor, que tu siervo escucha». Y Samuel fue a acostarse. El Señor se presentó y lo llamó de nuevo en varias ocasiones: «¡Samuel, Samuel!». Y Samuel respondió: «Habla, que tu siervo escucha».

Esta es la historia de la llamada de Dios al niño Samuel. La historia de una vocación. Dios no se fija solo en los adultos, ya que también llama, escoge e invita a seguirle a los niños, para hacer cosas grandes y buenas. Samuel el monaguillo de Elí, descubrió que Dios le llamaba y respondió con generosidad: «Habla, que tu siervo escucha».

Tú, «aguilucho», que tienes en tus manos esta revista, ¿has pensado que la historia de Samuel puede ser la tuya? Dios no se fija solamente en los monaguillos, pero busca niños y niñas, obedientes en casa y en el cole, estudiosos, compañeros honrados en el deporte, niños simpáticos y amables. ¿Te atreves a decir, «habla Señor, que te escucho?».