19 jóvenes valientes

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El mes pasado os presentaba en estas páginas la historia del padre Kenneth Chukwuka, que llegó a las costas españolas en patera cuando era joven y hoy es sacerdote en la diócesis de Cartagena. Seguimos en las pateras y esta vez con otra historia real, no de una persona, sino de 19 jóvenes valientes que tienen entre 19 y 23 años.

Estamos en la ciudad de Granada, quedan pocos días para celebrar la Navidad y la ciudad está llena de luces, los establecimientos desbordados de regalos y el frío se hace presente con el fresquito que baja de Sierra Nevada.

En la estación de autobuses de la ciudad están sentados en un rincón un grupo de 19 chicos africanos, tapados con mantas y con cara de asustados. Les han engañado. Son de Senegal, Costa de Marfil, Guinea y Malí. Después de haber pasado por las manos de las mafias que les sacaron todo el dinero que llevaban y tras muchos meses de espera, viajes por el desierto y abusos, se embarcaron en varias pateras en las costas de Libia para desembarcar en Motril (Granada). Allí, después de recibir asistencia sanitarias de la Cruz Roja, fueron llevados en autobuses hasta la ciudad de Granada, «donde una ONG se encargará de vosotros», les dijeron. Todo falso. Estaban totalmente tirados y abandonados, sin nadie que los atendiera.

Dos misioneros combonianos, que habían ido a la estación de autobuses, descubrieron que aquella situación no era ni normal ni humana. Se acercaron a ellos y recibieron como respuesta un poco de desconfianza. Después, poco a poco, se dieron cuenta de que aquellos dos hombres que se identificaron como misioneros, no les querían engañar como los traficantes de Libia. Poco a poco se entabló una amistad, pero los misioneros se preguntaban: «¿Qué podemos hacer con estos 19 chicos? No hay nadie que los atienda, nadie que se haga responsable de ellos. ¿Y si los llevamos a nuestra comunidad?», se dijeron entre ellos buscando una solución rápida y eficaz.


Pronto empezaron a llegar ayudas: ropa, colchones, alimentos pero sobre todo el cariño de sentirse tratados como personas.


Así es como estos jóvenes africanos encontraron un primer hogar en España. Un techo, unas camas para dormir, unas mantas, duchas, comida, todo lo necesario para que sus vidas volvieran a tener la dignidad que se merece cualquier persona en el mundo. Y aquí no acaba todo, ya que enseguida se corrió la voz y pronto empezaron a llegar ayudas: ropa de invierno, colchones, alimentos pero, sobre todo, los jóvenes recibieron el cariño de sentirse tratados como personas.

Los voluntarios, movidos por el espíritu navideño, se apuntaron en mayor número. Algunos les daban clases para aprender algunas palabras en español, otros salían a pasear y a enseñarles la ciudad. Un grupo de abogados se interesó por su situación y les ayudaron a tramitar sus documentos. Algunas instituciones de la Iglesia les ofrecieron comida cada día. Pero su permanencia en la comunidad de los misioneros combonianos no se podía prolongar. Poco a poco les ayudaron a ponerse en contacto con amigos y familiares que ya tenían en Europa. Se hizo lo posible para que se comunicaran con sus familias, para que supieran que estaban vivos, que habían llegado a España y que, de momento, tenían una casa donde vivir.

Algunos de estos 19 jóvenes ya están en diferentes puntos de Europa y algunos en otros lugares de España. Los demás, con la ayuda de los misioneros, poco a poco lo irán consiguiendo. Ahora solo quedan diez. Están todos ellos muy agradecidos. Atrás dejaron aquellos días de pesadilla cruzando el desierto, donde incluso fueron testigos del asesinato de uno de ellos por no tener dinero para pagar a las mafias.

¿Es posible que en nuestra «avanzada» y democrática cultura europea sigan sucediendo estas cosas? Los europeos pueden ir a trabajar a África, ¿porqué es tan difícil para los africanos trabajar en Europa?