Aterrizaje en un rincón de África

Por P. Enrique Bayo | Ilustraciones: Bayomata

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REFLEXIONA

Seguro que tienes en casa una Biblia o un Nuevo Testamento. ¿Sabes buscar las citas bíblicas? Si no sabes, déjate ayudar por alguien y lee el pasaje de la carta del apóstol Santiago (Sant 2,1-9) que nos invita a no juzgar a las personas por las apariencias.
Todas las personas tienen exactamente la misma dignidad, por eso hay que evitar los favoritismos. Aquí tocamos el corazón del mensaje de Jesús.

ACTÚA

En tus relaciones de cada día intenta escapar a los prejuicios e ideas preconcebidas que tengas sobre las personas y ofrece tu saludo y tu sonrisa a todas las personas, como la rosa ofrece su perfume a todos, sin discriminar a nadie.

Os escribo para contaros algunas vivencias de mis primeros años en ese rinconcito del inmenso continente africano que es Kinshasa.

Tenía 31 años la primera vez que monté en avión. Lo hice para ir a África un 25 de julio de 1997. Aterricé al atardecer en Kinshasa, la capital de República Democrática de Congo.
Lo primero que sentí cuando descendía del avión fue aquel calor húmedo, inconfundible, que nunca podré olvidar. Todo era diferente, los rostros, los colores, las palabras que salían de las bocas de las personas y que no conseguía entender… Algunos insistían para llevar mi maleta con la esperanza de recibir luego una propina, pero yo la agarraba con fuerza y no quise soltarla. Estaba como asustado, pero maravillado al mismo tiempo.
Me vinieron a buscar dos compañeros misioneros. Atravesamos barrios llenos de gente antes de llegar a la casa donde iba a residir durante los próximos cuatro años. Era una casa grande, nueva, de dos pisos y organizada en varios módulos. Realmente bonita. Fue construida especialmente para albergar nuestra comunidad de jóvenes combonianos en preparación para el sacerdocio.
Fue pasando el tiempo, aprendí más o menos el francés y comencé a acudir a una parroquia los fines de semana para hacer eso que llamamos «apostolado», es decir, estar con la gente en las diferentes actividades, acompañar a los niños de la catequesis, participar en grupos... Claro, como ni hablaba la lengua local ni conocía bien la cultura africana, tampoco es que ‘hiciera’ mucho, solo estaba allí y sonreía de vez en cuando. Llegaron las primeras crisis: ¿pero qué hago yo aquí, tan lejos de mi mamá? ¿Y si me dedicara a otra cosa? Felizmente superé las dificultades con la gracia de Dios.

«Padre –me llamó padre aunque yo todavía no lo era– no quisiera molestarle, he venido simplemente para traerles una pequeña ayuda»

Como nuestra casa era tan grande y tan nueva, no era raro que pasara gente pidiendo ayuda para la escuela de los niños, el alquiler de la casa o pagar un medicamento. Así que decidimos crear una comisión para acoger a las personas y discernir si se les ayudaba o no y con qué cantidad. La llamábamos «comisión de pobres» y yo formaba parte de ella. No solíamos dar directamente dinero, más bien comprábamos nosotros mismos los medicamentos o íbamos a la escuela para pagar los gastos académicos de los niños. Así evitábamos la tentación de que alguien nos contara alguna mentirijilla para obtener ayuda.
Un día me dijeron que una señora me esperaba en la sala de visitas.
Nos quedaba poco dinero en la caja, y mientras caminaba hacia allí iba pensando que estaría obligado a negarle la ayuda. Entré y allí estaba aquella señora, pequeñita y casi encorvada, con un vestido de colores vivos pero desgastado por el uso. Después de darnos la mano y preguntarnos mutuamente cómo estábamos –que es lo primero que hay que hacer en Kinshasa y en muchas otras partes de África–, comencé mi discurso: «Mire usted, llega en un mal momento, resulta que estos días hemos tenido muchas peticiones de ayuda… Tal vez si viniera usted el próximo mes y bla bla bla». La señora me escuchaba sin interrumpirme, con ese respeto africano de quien sabe que la palabra es importante y que no debe quitarse a nadie sin motivo.
Cuando terminé me dijo: «Padre –me llamó padre aunque yo todavía no lo era– no quisiera molestarle, he venido simplemente para traerles una pequeña ayuda». Y puso en mi mano un billete de 50 dólares.