El salchichón rojo

Por P. Enrique Bayo | Ilustraciones: Bayomata

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REFLEXIONA

Jesús encontró personas que se creían mejores que los demás y siempre desaprobó ese tipo de actitud. Lee y reflexiona por ejemplo el pasaje de Lc 18, 9-14.


ACTÚA

Comparar las cosas no es malo, pero a veces nos pasamos y estamos todo el tiempo diciendo que si mi equipo de fútbol es el mejor, mi casa más grande, el coche de mi papá más potente... Trata de escapar de las comparaciones continuas y apreciarás mejor las cosas de los demás.

He vivido Navidades maravillosas en África, sin embargo reconozco que la Nochebuena de 1997 me dejé invadir por la tristeza y la nostalgia del pasado.
Os lo cuento.

Pisé suelo africano por primera vez el 25 de julio de 1997. Llegué a Kinshasa, la capital de República Democrática de Congo, con el objetivo claro de aprender francés para poder comenzar mis estudios de Teología en febrero. Aquel año éramos una comunidad de 24 jóvenes estudiantes procedentes de 12 países y tres continentes. De lunes a viernes nos dedicábamos plenamente al estudio, mientras que los fines de semana íbamos a los llamados ‘apostolados’: unos a parroquias y centros juveniles, otros a hospitales, orfanatos e incluso a la cárcel de la ciudad para acompañar a las personas privadas de libertad. Yo empecé en noviembre mi apostolado en Saint Albert, una parroquia próxima a nuestra comunidad.
Llegó el 24 de diciembre. La celebración navideña en Saint Albert estaba fijada para las 9 de la noche, así que disponía de tiempo. Mis compañeros de comunidad se fueron a sus distintos lugares de apostolado, algunos muy lejanos, y, como mi compañero de apostolado no estaba conmigo aquel día, me quedé solo en casa. Entonces empezó a golpearme la nostalgia.

¡Qué diferente!
Nochebuena para mí era sinónimo de encuentro en familia, de risas y cantos alrededor de una mesa repleta de ricos manjares, de esos que no se comen habitualmente. De turrón y de sidra El Gaitero. Me acordaba de las dos últimas Navidades en Portugal, durante mi noviciado, y de la enorme variedad de dulces con que nos obsequiaron los portugueses. Y ahora, estaba solo, esperando la hora de irme a la parroquia. No tenía la llave de la despensa, así que busqué en la cocina y solo encontré unas lonchas de una especie de salchichón rojo, muy distinto de los que tenemos en España. Me senté en silencio para comérmelo mientras rumiaba pensamientos negativos. Por si fuera poco se produjo uno de los habituales cortes de luz y, en medio de la oscuridad, no pude evitar pensar en las calles iluminadas de mi pueblo durante la Navidad, sobre todo en las bombillas blancas que ponían en las ramas de los árboles del paseo y que tanto me gustaban.

Por si fuera poco se produjo uno de los habituales cortes de luz y en medio de la oscuridad no pude evitar pensar en las calles iluminadas de mi pueblo durante la Navidad.

Tampoco el calor ayudaba. ¿Navidad a 30 grados? Aquello no era normal. Tuve que llevarme una linterna para transitar sin tropezar por las calles que me separaban de la parroquia. Allí encontré luz, alegría y fiesta, pero mi nostalgia del pasado me impidió disfrutar de ello. Por el contrario, me quejaba diciéndome: «¡Jolines! Llevo cinco meses estudiando francés y ahora resulta que toda la celebración es en lingala, una lengua de la que no entiendo ni una palabra». Todavía no había tenido tiempo de hacer amistades en la parroquia, así que después de la misa regresé a casa de la misma manera que había venido: linterna en mano y cabizbajo.

Disfrutar de las cosas como son
Pero la vida es siempre maestra, y durante la noche tuve una inspiración: «¿Por qué dejo que mis pensamientos me impidan disfrutar de la alegría de la Navidad? Dios ha querido hacerse uno de nosotros y caminar por nuestros caminos. ¿No es esto motivo de enorme gozo? ¿Qué sentido tiene la tristeza en este día?» Y además, seguía preguntándome: «¿Por qué tengo que estar continuamente comparando?». Aprendí una lección para mi vida misionera que jamás he olvidado: la importancia de vivir sin comparaciones, disfrutando del momento presente y de las cosas tal y como son. La belleza está en todos los sitios cuando se sabe mirar, pero si caemos en la trampa de creer que lo nuestro es lo mejor, nos volvemos ciegos y no sabemos valorar lo de los demás. Os aseguro que, aprendida esta lección, todas las Navidades que viví después en África las he disfrutado enormemente.
¡Ah!, se me olvidaba, honestamente aquel salchichón rojo estaba buenísimo.