Mi mamá misionera

Por P. Enrique Bayo | Ilustraciones: Bayomata

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El «Dios hecho hombre», Jesús de Nazaret, quiso vivir humildemente y someterse a la ley del trabajo. Llega a decir el evangelio de san Mateo (cf. Mt 8,20) que Jesús «no tenía lugar donde reclinar la cabeza». Jesús asumió la pobreza, pero no quiso privarse de la gran riqueza de tener una familia: la madre y el padre que fueron María y José.

ACTÚA

Seguramente vivirás con tus papás, o con uno de ellos, o quizás con algún tutor. En todos los casos quiérelos mucho y muéstrales tu cariño siempre que puedas. Ellos son un gran tesoro para ti, aunque a veces te cueste verlo.

La vida misionera nos exige vivir muchos años lejos de nuestros países y familias, pero qué bonito es cuando tus seres queridos viven contigo tu vocación misionera. Doy gracias a Dios porque este ha sido mi caso, sobre todo a través de mi mamá María del Pilar. Me gustaría hablaros de ella.

El pasado 20 de mayo falleció mi mamá a los 88 años de edad. Todos estos días, mirando su sillón vacío, me estoy acordando mucho de ella, pero siempre con un corazón agradecido. Desde que surgió en mí el don de la vocación misionera, ella siempre me acompañó con su oración y entusiasmo misionero. En 1993, pocos meses antes de dejar mi casa familiar de Calatayud para iniciar mi primera etapa formativa en Granada, me asaltaron las dudas. Un día estaba tumbado en el sofá reflexionando sobre qué hacer; mi mamá se acercó en silencio, con toda delicadeza se sentó junto a mí y me dijo: «Ves, hijo mío, estoy segura de que serás muy feliz». Y me fui.
Los caminos de la misión me llevaron muy lejos, hasta la R.D. de Congo, pero mi madre nunca dejó de llamarme todos los lunes del año para saber cómo estaba y para darme noticias sobre mi familia, mi pueblo y mi parroquia. Una vez, me llamó un jueves, lo que me extrañó mucho, así que cogí el teléfono un poco preocupado para escuchar su voz gozosa, que me decía: «Hijo mío, hoy cumples nueve años de sacerdote. ¡Felicidades!». A mí se me había olvidado.
En 2010 dejé mi parroquia de Isiro, en la selva congoleña, por un servicio de animación misionera en Kinshasa. Como en la gran ciudad disponía de acceso a Internet, se abrió la posibilidad de utilizar skype para comunicarnos. A mi madre no le importaban las elevadas facturas de teléfono que pagaba por hablar conmigo, porque lo consideraba dinero bien empleado, pero skype, además de ahorrarle dinero, le permitía verme. No se lo pensó dos veces.

Con su dinero compramos la cámara de video profesional, los micrófonos y los ordenadores para los programas misioneros en la televisión católica de Kinshasa.

Vivía sola y nadie podía ayudarla, así que, a sus 78 años, se apuntó a un curso de informática para aprender a manejarse, se compró el primer y último ordenador de su vida y se anotó en un papel todos los pasos que tenía que hacer para hablar conmigo. Jamás falló un solo lunes. Mis compañeros de comunidad ya sabían que a la hora del encuentro semanal con mi madre yo no estaba disponible.

Proyecto gafas
Mi madre fue también muy generosa con la misión, estirando su paga de jubilada para apoyarme en diferentes proyectos. Con su dinero compramos la cámara de vídeo profesional con la que iniciamos los programas misioneros en la televisión católica de Kinshasa, además de los micrófonos y ordenadores de nuestro estudio de radio, en el centro de la revista Afriquespoir. Pero recuerdo con especial cariño el «Proyecto Gafas» que organizamos en mi parroquia de Isiro. Yo había observado la dificultad de los catequistas y cristianos de las comunidades para leer. Con frecuencia tenían un solo par de gafas, que se iban pasando de unos a otros. Se lo comenté un día a madre, y ella enseguida me dijo: «ya te envío yo todas las gafas que necesites». Me llegaron tantas cajas de gafas que no solo los cristianos de mi parroquia se beneficiaron, sino también muchos de los habitantes de Isiro.
Mi madre fue una mujer de fe que comprendió el valor y el sentido de la Misión. Estos días, recorriendo los objetos de su casa, encontré una biblia que yo le había regalado y que ahora he recuperado como recuerdo suyo. Esta es la dedicatoria que le escribí:

«Calatayud, 15 de abril de 2002:
A mi querida madre en el día de su 70 cumpleaños. En agradecimiento por el maravilloso regalo de la fe que supo transmitirme con tanto amor».