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Texto: Carla Fibla García-Sala

Cuando una persona siente que su vocación es el arte: ser pintor, escultor o fotógrafo,… se enfrenta a muchas dificultades para que su trabajo sea reconocido. En África cada vez hay más espacios para exponer sus obras.

Es normal que cualquier joven artista lo tenga difícil en sus inicios, pero en muchos países de África donde, como ya sabéis por el tiempo que lleváis leyendo esta sección, la creatividad es una seña de identidad, se complica. Los artistas tienen un acceso muy limitado al material, tampoco cuentan con suficientes centros donde poder estudiar las técnicas que les interesan y, a menudo, las prioridades del entorno del joven artista le obligan a dejar su lado creativo para estudiar algo que proporcione ingresos de forma más rápida y eficaz.



Esta realidad, que podemos observar en la mayoría de los países del continente, no impide que los artistas se organicen y que, en momentos importantes, compartan sus dones, por ejemplo, en los murales callejeros que acompañan campañas de sensibilización o en los que se cuentan reivindicaciones sociales y políticas del momento.
Los artistas africanos, como ocurre en otros lugares del mundo, se dejan influir por lo que pasa a su alrededor, expresan su opinión a través de las obras que exponen o comparten, y muchas veces se convierten en símbolos de los cambios que pide la sociedad.

Sería imposible citaros a todos los artistas que están creando en los 55 países del continente africano, pero sí que podemos contaros algunos de los espacios en los que se suelen reunir, a los que acuden para compartir, vender sus obras o donde los comisarios de arte internacionainternacionales llegan a acuerdos para que ese trabajo traspase fronteras y podamos disfrutarlo también en otras parte del mundo.
Muchas de las bienales y encuentros que os proponemos (podéis acceder a este contenido en los enlaces que encotrarás al final, en «Darse a conocer...») están pendientes de que

se pueda salir de casa y volver a acudir a exposiciones. La mayoría se celebra cada dos años, aunque a veces no tienen suficiente financiación y les lleva más tiempo organizar una nueva edición. Ha sido en estos lugares donde artistas como el camerunés Ajarb Bernard Ategwa mostró sus escenas de la vida en Duala, la ciudad más grande de su país. En una entrevista que le hicieron en la plataforma online de artes y culturas africanas Wiriko explicaba: «Retrato lo bueno, lo malo y lo feo». Y lo hace a través del color, que marca el trabajo de muchos jóvenes pintores, y del caos de las ciudades en las que viven.


En el trabajo de los jóvenes artistas africanos se huye de la imagen estereotipada del continente que tenemos en Europa. Os hemos recordado muchas veces en Aguiluchos que el continente es enorme, diverso, muy rico en culturas y tradiciones, y que incluso cuando generalizamos tenemos que hablar de las Áfricas. Pero sí que hay rasgos comunes que comparten algunos pintores como la vitalidad y la acción en sus obras.
En las bienales, que no sabemos si llegarán a celebrarse en este 2020, debería haber expuesto Jalid Abdel Rahman, un sudanés obsesionado con la arquitectura abstracta de los barrios de clase media de Jartum. También estaba previsto que Franck Kemkeng Noah mostrase su trabajo experimental en el que mezcla la pintura, la escultura y las instalaciones interactivas. Y que, como muchos artistas, tiene una obsesión: la elaboración de las «culturas humanas».
Cuando observéis una obra de arte pensad que no se trata de entenderlo todo, sino de que sintáis cosas, que os haga reflexionar. Es una forma de mirar la realidad que, probablemente, nunca nos hayamos planteado: eso también es arte.

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