Confinamiento a oscuras

Por P. Enrique Bayo | Ilustraciones: Bayomata

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Jesús se presenta ante sus contemporáneos como el buen pastor, aquel que conoce a sus ovejas y no huye abandonándolas en el monte cuando ve venir al lobo. Lee el pasaje bíblico de Jn 10, 1-16 e intenta comprender qué nos quiere decir Jesús al aplicarse a sí mismo esta imagen del buen pastor.

ACTÚA

Si conoces a alguien que lo esté pasando mal, que atraviese momentos de dificultad o de enfermedad, acércate a él para animarlo y dedicarle tu tiempo. Como dice el refrán: «Amigo en la adversidad, amigo de verdad».

En agosto de 1998 estuve confinado en nuestra comunidad de Kinshasa con otros misioneros. Fue uno de los momentos más difíciles de mi vida misionera. Os cuento algunos detalles de cómo viví aquella situación.

Durante estos días que he estado sin salir de casa por el coronavirus –igual que todos vosotros– me he acordado mucho de Kinshasa, la ciudad en la que viví 11 de los 15 años que estuve en R. D. de Congo. En estos momentos en que os escribo, a principios de mayo, sus habitantes todavía están viviendo restricciones de movimiento e incluso se ha decretado un toque de queda a partir de las 20 horas. Los amigos que me escriben me cuentan que la gente lo está pasando muy mal, no solo por el miedo al contagio del coronavirus, sino también por las dificultades que encuentran para conseguir el sustento diario sin poder desplazarse.
He recordado también el confinamiento obligatorio que yo mismo viví en Kinshasa durante el mes de agosto de 1998. No fue provocado por una pandemia, sino por un virus mucho peor: la guerra. La comunidad estaba formada por 24 jóvenes misioneros, aunque en aquel momento solo estábamos allí nueve, acompañados por dos formadores y Giuseppe, el hermano de uno ellos que había venido de visita. El resto de la comunidad pasaba las vacaciones en nuestras misiones del norte del país. Yo llevaba un año en Kinshasa, había terminado el primer año de Teología y me dedicaba a estudiar la lengua local, el lingala, junto con tres compañeros. Con nosotros estaban también otros cinco jóvenes combonianos que, solo unas semanas antes, habían llegado a Congo y que aprendían francés.
El 2 de agosto escuchamos disparos durante la noche. A la mañana siguiente supimos que había habido algunas escaramuzas en un cuartel vecino porque había comenzado una rebelión armada. Los rebeldes avanzaban hacia Kinshasa desde la costa del océano Atlántico, a través de la región del Bas Congo y estaban a unos 400 kilómetros de la ciudad.

El confinamiento en Kinshasa, en agosto de 1998, no fue provocado por una pandemia, sino por un virus mucho peor: la guerra.

Los 20 días que tardaron los rebeldes en llegar fueron terribles, y más todavía los cuatro días de guerra dentro de la ciudad, hasta que el Ejército congoleño, con la ayuda de helicópteros de combate de Angola consiguieron derrotarlos. Tuvimos la fortuna de que nuestro barrio no fue atacado durante los combates, pero pasamos mucho miedo. Escuchábamos las radios extranjeras para saber cómo estaban realmente las cosas, porque las emisoras de radio locales distorsionaban la situación para tranquilizar a la población.
En su marcha hasta Kinshasa, los rebeldes llegaron a la central hidroeléctrica de Inga y cortaron el suministro de luz a la ciudad. Los que venían a ‘liberar’ al país no dudaron en dejar completamente a oscuras a más de 11 millones de personas.
Los días previos a la entrada de los rebeldes, muchos extranjeros empezaron a abandonar Kinshasa, la capital. El personal de oenegés y organismos internacionales, los raros turistas ocasionales y otros muchos extranjeros tomaban cada día la carretera que une la ciudad con el aeropuerto internacional de Ndjili para llenar aviones que llegaban vacíos. Nosotros conseguimos un billete para Giuseppe, que regresó a Italia acortando sus vacaciones. Cuando los congoleños veían a tantos extranjeros salir pitando de la ciudad y del país, comprendían que la situación era realmente preocupante.
Un día tuve que salir por el barrio a comprar carburante para nuestro grupo electrógeno, que encendíamos al menos unas horas para que funcionaran las cámaras frigoríficas y que no se estropearan los alimentos. Un señor del barrio que conocía se me acercó y me preguntó: «¿Vosotros también os vais a marchar?» No sé de dónde brotaron mis palabras, pero pude ver su sonrisa cuando le respondí: «No, nosotros somos misioneros, nos quedamos con vosotros».