Es uno de los nuestros

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REFLEXIONA

En cierta ocasión, Jesús iba con sus discípulos a un lugar tranquilo para descansar y se encontraron una multitud de personas. Jesús tuvo lástima, cambio de planes «y se puso a enseñarles con calma» (Mc 6,34). ¿Te has dado cuenta de que lo más valioso que podemos ofrecerle a los demás es nuestro tiempo y atención?

ACTÚA

Que en medio de tus ocupaciones de cada día, nunca te falten momentos para conversar calmamente con tus amigos, tus padres y otras personas. Compartiendo con sencillez y escuchando con atención. Nunca será un tiempo perdido.

La historia que vais a leer ocurrió hace más de 40 años en un país del corazón de África. No es un cuento. Se han cambiado los nombres de los protagonistas y añadido algunos detalles, pero se trata de una historia real que tal vez nos enseñe algo sobre lo que es más importante en la Misión y en la vida.

Ocurrió en una gran parroquia misión del noreste del antiguo Zaire, hoy, R. D. de Congo. Ahora todo es muy diferente, pero en aquellos tiempos los misioneros que trabajaban allí eran casi todos europeos. Eran cuatro, pero nos interesan dos: El padre Adolphe y el hermano Pietro.

El “organizador”

El primero era el párroco. Era muy inteligente, hablaba y escribía con precisión la lengua local y además tenía una gran capacidad de organización. Solía fijar en los tablones parroquiales los programas de todas las actividades, con las fechas y los horarios muy claritos, en colores más oscuros, para que todos los vieran bien. Como no todo el mundo sabía leer, en las celebraciones y encuentros siempre repetía esos mismos programas con sus fechas y horarios, insistiendo mucho en la importancia de la participación en las actividades. Por eso, cuando la gente no venía o llegaba con retraso, se enfadaba un poquito, aunque no mucho, la verdad.
El padre Adolphe tenía muy buenos amigos en su país que generosamente le enviaban dinero y otras ayudas. Él lo invertía todo en beneficio de su parroquia. Con ese dinero consiguió arreglar el viejo templo que construyeron misioneros belgas muchos años atrás. También se hicieron varias escuelas nuevas, un pequeño dispensario que se puso bajo la responsabilidad de unas religiosas y otros proyectos: pozos de agua, un centro de ayuda alimentaria para los más pobres y dos porterías de forja para que los jóvenes jugaran al fútbol. El padre Adolphe estaba siempre muy atareado.

Acompañar y escuchar

Por su parte, el hermano Pietro había sido un buen trabajador en toda clase de servicios, pero ahora la edad no le permitía esforzarse demasiado.

La gente lloraba y gritaba desconsolada: «Es uno de los nuestros, no queremos perderlo».

Solía pasar el día paseando por las barriadas cercanas a la parroquia, hablando con los niños, visitando a la gente en sus casas y charlando «de las cosas de la vida», como él decía. Otras veces se sentaba delante de la puerta de su habitación y entonces era la gente la que venía a verle para charlar con él. A veces se pasaba horas y horas allí y no era raro que llegara con retraso a la oración comunitaria de la tarde e incluso a la cena con los otros isioneros. Cuando moría alguien, era costumbre pasar la noche velando al difunto y el hermano Pietro siempre estaba allí acompañando a la familia.

Otros destinos

Sucedió que destinaron al padre Adolphe para otro servicio y tuvo que dejar la parroquia. Los feligreses, que reconocían lo mucho que había hecho por ellos, prepararon un buen regalo y en la última Eucaristía que celebró le leyeron un bello discurso de agradecimiento.
Un año después, el hermano Pietro también fue destinado a otro lugar. Cuando la gente lo supo se entristeció mucho y escribieron una carta al Superior del hermano para que le permitiera quedarse en la parroquia, pero no fue posible. Entonces la gente se organizó para bloquear las puertas de la casa donde vivían los misioneros e impedir que el hermano se fuera. La gente lloraba y gritaba desconsolada: «Es uno de los nuestros, no queremos perderlo». El hermano casi tuvo que escaparse para obedecer a sus superiores.
Hoy existen todavía las escuelas y el dispensario que construyó el padre Adolphe, pero os aseguro que los más mayores de aquella parroquia al que más recuerdan es al hermano que pasaba tanto tiempo con ellos.