¡Déjame de gallinas!

Por P. Enrique Bayo | Ilustraciones: Bayomata

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REFLEXIONA

Jesús dice a sus discípulos con respecto a los maestros de la ley: «Obedecedles y haced lo que os digan, pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen» (Mt 23,3). Que importante es esta coherencia entre el decir y el hacer. De ahí el dicho popular «predicar con el ejemplo», porque los actos hablan siempre más alto y más claro que las palabras.

ACTÚA

Si alguna vez quieres corregir a alguien, asegúrate primero de que aprecias a esa persona y de que actúas por su bien. Y en segundo lugar, piensa bien si tú pones en práctica lo que le vas a decir.

La visita a las comunidades cristianas es uno de los servicios fundamentales que llevamos a cabo los misioneros. Durante los tres años que viví en la parroquia de Santa Ana, en el noreste de República Democrática de Congo, fue una de mis actividades principales. Os hablo hoy de una de estas visitas.

Era un Land Rover Defender blanco de cinco puertas. Para llegar hasta nosotros viajó en avión hasta Uganda y luego 900 kilómetros por carreteras de barro y tierra. Llegó sucísimo, pero después de lavarlo y de que el hermano Tarcisio le hiciera la puesta a punto en el taller de la parroquia, relucía como el vehículo nuevo que era: un excelente instrumento para nuestro servicio misionero.
Me tocó estrenarlo a mí y adentrarme con él en la selva, donde se encuentran las 51 comunidades cristianas de nuestra parroquia, todas ellas situadas a derecha e izquierda de una larga carretera de tierra. Yo solía visitar las comunidades en moto, pero en ocasiones, cuando quería proyectar películas, necesitaba llevar el vehículo para cargar el material necesario. Otro día os hablaré de ese aspecto de mi vida misionera que yo llamo «catequesis con cine» y al que me dediqué con mucho entusiasmo.
Por la mañana muy temprano salí con destino a Gao, una de las capillas más lejanas. Tardé unas cuatro horas en recorre los algo menos de 100 kilómetros que me separaban de ella por varios motivos. Primero, porque me paré varias veces a saludar a la gente; segundo, porque la carretera tiene infinidad de baches, charcos, subidas, bajadas y recovecos y hace falta mucha prudencia; tercero, porque no quería forzar un vehículo tan nuevo; y cuarto, porque hice de taxista sin cobrar, recogiendo y dejando en ruta a personas para evitarles una caminata.
No sé si habéis estado alguna vez en una selva tropical, pero es de una belleza extraordinaria. Árboles altísimos que crean como túneles naturales por los que serpentea una carretera de tierra rojísima que contrasta con las tonalidades verdes.

«¿Será posible? –me decía–, un coche nuevo y le doy semejante golpe. ¿Qué dirán ahora mis compañeros?».

Y, a veces, cuando se abre la densa vegetación, se puede contemplar el azul purísimo del cielo. En mi carretera, la que tantas veces recorrí, hay algunas zonas de sabana, con vegetación más baja y pocos árboles, desde donde se puede contemplar un paisaje verde casi infinito.
Así iba yo, disfrutando del viaje, hablando con unos y con otros, contemplando la selva y al mismo tiempo vigilando para no pillar los baches, cuando de repente oí un ruido terrible… catacataclás… Me bajé asustado y vi el desastre. Una gruesa rama había entrado entre la rueda trasera y la carrocería, había hecho palanca provocando un gran bollo.
En un segundo, mi alegría se mudó en cabreo. «¿Será posible? –me decía–, un coche nuevo y le doy semejante golpe. ¿Qué dirán ahora mis compañeros?». Llegué a Gao enfadado, bajé del coche y saludé muy serio a quienes estaban esperándome. Un señor se acercó a ofrecerme una gallina viva, y en ese momento, no recuerdo muy bien lo que le contesté, pero fue algo así como «¡Déjame de gallinas ahora, por favor!», y fui a sentarme bajo un árbol, donde ya me habían preparado una silla. Poco después se sentó junto a mí Etienne, el catequista responsable del sector al que pertenece la comunidad de Gao, y me dijo algo que nunca olvidaré: «Padre, ese hombre ha caminado cinco kilómetros para traerte la gallina, ¿cómo has podido rechazarla? ¿Con qué disposición vamos a escuchar el Evangelio que nos vas a predicar si te comportas así?».
Comprendí que tenía razón. Enseguida busqué a aquel hombre, le pedí perdón sinceramente y nos dimos un abrazo. Luego cogí la gallina y agradecí el regalo. Creo que la Eucaristía que celebré poco después con aquellos hermanos fue una de las más bonitas que he vivido en la selva de Congo.