Optimismo existencial

Por P. Enrique Bayo | Ilustraciones: Bayomata

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REFLEXIONA

Al inicio de su vida pública, Jesús elige a un grupo de amigos para acompañarle (Mc 1, 16-20). ¿Por qué crees que Jesús crea en torno a él esta comunidad de amigos?


ACTÚA

Si convives con otros niños extranjeros en tu escuela o en tu barrio, haz todo lo posible para que se sientan acogidos e integrados.

En África subsahariana la alegría y el calor de la acogida no suelen faltar, incluso cuando las personas y las sociedades atraviesan por situaciones difíciles. Por eso nos gusta tanto a los misioneros vivir allí.

La gente me pregunta muchas veces si me gustaría volver a África. Yo respondo siempre lo mismo: «Por supuesto que sí», y para darle más fuerza a mis palabras añado: «si dependiera solo de mí me iría mañana mismo».
Entendedme bien. Esto no quiere decir que no esté contento en España. Todo lo contrario. La vida ocurre siempre en el aquí y en el ahora, y creo que es un error evadirse en la nostalgia por un pasado que ya se fue o soñar con un futuro maravilloso que todavía no existe. Por mi parte, aunque no siempre lo consigo, trato de vivir en plenitud el momento presente. Ahora estoy en Madrid y estoy contento de escribiros estas líneas o de llevar a cabo otros servicios misioneros; mañana estaré en otro sitio. La felicidad siempre está aquí y ahora.
Y, sin embargo —y no lo veáis contradictorio, por favor—, me gustaría regresar a Congo o a cualquier otro lugar de África subsahariana porque allí se respira optimismo y alegría con mucha facilidad, más que en España, incluso aunque las condiciones económicas y sociales no sean buenas.
Me estoy acordando ahora de Jean René, un buen amigo que conozco de Kinshasa. Vive con su mujer y sus cuatro hijos en un pequeño cuchitril de dos habitaciones que siempre se inunda cuando llegan las lluvias. Tiene un trabajo precario, muchas deudas y nunca sabe si dispondrá de los 30 dólares para el alquiler de su… digamos «casa». Y sin embargo, siempre se le ve sonriendo, siempre está contento, siempre dando Gracias a Dios, siempre vislumbra un futuro mejor. Yo gozaba de su compañía porque irradiaba optimismo.

En África se respira optimismo y alegría con más facilidad, incluso si las condiciones económicas y sociales no son buenas.
Recuerdo una vez que le pregunté: «Jean René, ¿has estado en Nueva York? Y me respondió: «Todavía no padre, un día iremos». Eso es lo que yo llamo optimismo existencial.

Sentido comunitario
Pero, ¿de dónde viene esa alegría y ese entusiasmo ante la vida que caracteriza al africano? Simplificando mucho las cosas, podemos decir que en nuestra cultura europea se da más importancia a lo individual, a los derechos y libertades de cada persona, mientras que en la cultura negroafricana se pone el acento sobre la comunidad. La persona «es» porque hay un nosotros, porque se pertenece y se está identificado con una comunidad.
A ver si esta comparación os ayuda a entender esta diferencia. En una discoteca, en España, cada persona suele «mover el esqueleto» según siente la música, de manera que cada uno baila a su ritmo. Por el contrario, cuando la gente baila en África, todos siguen el mismo ritmo, según la cadencia de los instrumentos de percusión. Es extraordinario ver danzar a la gente acompasando sus movimientos corporales para crear armonía, porque lo importante no es bailar, sino bailar juntos y sentirse unidos.
Este sentido comunitario hace que la persona se sienta protegida, porque delante de las dificultades sabe que no está sola, que hay una comunidad que la sostiene. Por eso los africanos y africanas desarrollan un marcado optimismo existencial y están abiertos a la risa y al disfrute de la vida. La vida no es una prueba a superar o una carrera para conseguir cosas y alcanzar objetivos, es más bien una aventura para ser disfrutada. Esta puede ser la razón de por qué en África son más raras las enfermedades depresivas o los suicidios que en la opulenta Europa.
Al valorar el aspecto comunitario, cobra una gran importancia la hospitalidad. Es importante que el extranjero se integre, se sienta parte de una nueva comunidad, porque la suya ha quedado lejos. Y de ahí nace el calor de la acogida y de la hospitalidad africana que tanto apreciamos los misioneros europeos.