Haced lo que Él os diga

Por P. Enrique Bayo | Ilustraciones: Bayomata

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REFLEXIONA

Lee el texto de las bodas de Caná (Jn 2, 1-12) y reflexiona sobre la actitud de María.


ACTÚA

Este mes de mayo ten un detalle con la Virgen María. Rézale una oración o pon con cariño una flor junto a alguna de sus imágenes que hay en nuestras iglesias.

Mayo es el mes de las flores y el mes de María, la flor más hermosa que jamás haya brotado en la Tierra.

Cuando era pequeño, mi mamá me enseñó a rezar cada noche, antes de dormir, tres avemarías a la Virgen María. Al principio, ella venía hasta mi habitación, se sentaba junto a mi cama y rezábamos juntos; luego fui acostumbrándome a rezarlas yo solo y sigo haciéndolo hasta el día de hoy. Aprender aquella oración a María fue importante para mí, y animo a los padres y tutores a enseñar a rezarla con mucho cariño a sus hijos e hijas, porque lo que se aprende en la niñez deja siempre huella.
Durante mi adolescencia y juventud, sobre todo cuando dejé mi casa para ir a estudiar a Zaragoza, poco a poco fui abandonando la práctica religiosa, pero aunque estuve muchos años sin ir a la iglesia, nunca dejé de rezar las tres avemarías antes de acostarme. Siempre he pensado que la Virgen María fue ese hilito invisible y discreto que impedía que me alejara demasiado, para que un día pudiera regresar a la fuente de la Vida que es Jesús y ser misionero.
En esto consiste el «trabajo» de María en la Iglesia: llevar a las personas hasta Jesús; mostrarnos a su hijo y repetirnos, una y otra vez, aquellas palabras que pronunció en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga». Os aseguro que María no busca ser la prota y estar en el centro de la escena, ella sabe que toda su riqueza fue tener a Jesús y es a Él a quien nos conduce si escuchamos su consejo de Madre.

El rosario
Cuando en 1997 los caminos de la misión me llevaron hasta Kinshasa (República Democrática de Congo), descubrí con alegría la gran devoción de los católicos congoleños por la Virgen María.

El «trabajo de María en la Iglesia consiste en llevar a las personas hasta Jesús, mostrarnos a su Hijo.

En todas las parroquias de la ciudad existe la «gruta», un lugar tranquilo junto a la iglesia, generalmente a la sombra de los árboles, presidido por una imagen de María. Suele haber bancos de cemento donde las personas se recogen en oración o se reúnen para rezar el rosario.
No sé si habéis rezado el rosario alguna vez. Consta de los llamados misterios, que nada tienen que ver con lo fantástico y mágico. En cada misterio se hace memoria de un pasaje de la vida de Jesús y luego se recita un padrenuestro y diez avemarías. Durante mi infancia, alguna vez se rezaba el rosario en mi casa y a mí me parecía algo tan aburrido que, cuando dejaban de vigilarme, solía escabullirme. Sin embargo, con el paso del tiempo y sobre todo durante mis años en África, he aprendido a amarlo y me gusta rezarlo en comunión con otras personas. En mi comunidad de Kinshasa solíamos hacerlo al atardecer, mientras caminábamos con calma por el jardín. Era uno de los momentos más bonitos del día, en el que, junto a María, descansábamos de todo lo vivido durante la jornada.
Puedo decir también que muchas de las personas buenas y entregadas que he conocido en la misión eran grandes devotos de María. En mi parroquia de Isiro, las mamás más entregadas en la catequesis, en la ayuda a los pobres y en otros servicios humildes y poco gratificantes como la limpieza de la iglesia, eran del grupo de la Legión de María, las «mamás legionarias».
Este mes de mayo es el mes de María. Un tiempo propicio para establecer, restablecer o reforzar el lazo de amistad con María, la madre de Jesús, y pedirle que nos muestre siempre a su Hijo. Mi mamá murió también en mayo. Con corazón agradecido me gusta recordar que durante los últimos años de su vida, cuando ya estaba muy enfermita, era yo el que iba hasta el borde de su cama para rezar juntos las tres avemarías. Amor con amor se paga.