La niña y el dinosaurio

Texto: José González Torices
Ilustraciones: Fernando Noriega

Llegamos al poblado de Mtuka, en Tanzania, porque allí nos habían dicho que cada noche se oían ruidos extraños, de seres misteriosos, sobre todo las noches de luna grande. Entonces el suelo de la tierra se tambaleaba y agrietaba, como si una multitud de enfurecidos dragones subterráneos la estuvieran golpeando ferozmente con intención de escapar de aquellas lúgubres cavernas, arrojando fuego por los volcanes. De aquellos inexplorables sótanos rocosos emanaba siempre el mismo horripilante quejido:

—¡Tenemos hambre, hambre y mucha hambre!

—¡Ay, ay, ay! —se lamentaban aterrorizados los habitantes de Mtuka—. ¡Un ser fantasmal nos quiere devorar! ¿Qué será de nosotros, de nuestros hijos y de nuestros rebaños? ¡Ay! Que el cielo nos proteja.

Así noche tras noche. 

Las voces se escuchaban cada vez más fuertes. Por esta razón, informaron del suceso al Ejército de Tanzania, solicitando su ayuda y protección inmediata.

A los pocos días, se presentó en el poblado un batallón de soldados. Llegaron bien armados. Rodearon la aldea. Rastrearon los aledaños con perros robots. Y no descubrieron nada raro. Solo escuchaban los aullidos y risas de las hienas hambrientas, el fiero rugir de los leones o el silbido de las serpientes pitón. Normal, todo normal, según ellos.

Pero no era normal. ¡Qué iba a ser normal! 

El general Kachakokos, con cara de orangután, cuerpo de elefante y andar de pingüino por el peso de las medallas que le colgaban del uniforme, les dijo a los sufridos pobladores con voz de loro:

—Nos vamos. Retiro el Ejército. Aquí no hay nada. Las voces que decís que oís son imaginaciones vuestras. Adiós.

Y se largaron de Mtuka.

Vino a suceder que Krapika, la niña que leía libros de dinosaurios, la que había visto muchas veces la película Parque Jurásico, habló así a los habitantes de Mtuka:

—Yo conozco esos quejidos hambrientos.

—¿De qué, niña? —le preguntaban.

Krapika les respondía:

—Porque yo hablo con los dinosaurios, que son conocidos como «lagartos terribles» (dinos, terribles; saurios, lagartos).

Uno espetó de malas maneras:

—Deja de inventarte historias. No te creemos. Nadie ha conocido a esos bichos tan raros. Les aplastó un meteorito que cayó del cielo.

Los ojos azulados de Krapika despedían lágrimas amargas. Y sus labios repetían:

—Digo la verdad. Les puedo asegurar que cada noche hablo con los dinosaurios.

Y todos se mofaban de Krapika.

Entonces se acercó a Krapika una mujer llamada Bamama, que abrazó a la niña y la consoló. Luego dijo:

—No llores, Krapika. Y dinos a todos: ¿Cuándo has visto y hablado con esos seres prehistóricos?

Ella respondió sollozando:

—Hace dos noches, señora Bamama. 

—Cuéntanos cómo ha sido, Krapika.

Y Krapika les narró con voz firme y segura:

—Oí golpes en la puerta y me levanté. Me asomé a la ventana y vi asustada aquellos dos monstruos gigantes. Traían en sus brazos cuatro dinosauritos recién nacidos. Eran, me supuse, los padres. Luego me dijo la mamá, la de los ojos tiernos, la que conocía mi nombre sin yo decírselo:

—Tenemos hambre, Krapika. Mis hijos tienen hambre. Danos algo para comer, por favor. Por lo que me contó luego, los hielos del Polo Norte los habían sepultado vivos hacía millones de años. Ahora con los deshielos, y por el cambio climático, habían despertado de aquella hibernación. Muchos dinosaurios se habían refugiado en cavernas del subsuelo. Tenían hambre. De ahí sus lamentos nocturnos. Yo les pregunté:

—¿Qué puedo hacer por vosotros?

El dinosaurio padre, que dijo llamarse Ndoto (fantasía), me respondió:

—Krapika, les dices a los del poblado que si nos regalan la leche de sus rebaños no les volveremos a molestar. Además, nos ofrecemos a defenderlos de los animales salvajes que pueblan las selvas y las sabanas.

Uno de los presentes que estaban escuchando a la niña, afirmó:

—Yo creo a Krapika.

Y todos creyeron lo que les decía la chica.

Cada cual fue a su casa, ordeñó el rebaño, recogió la leche en cubos y dejó los recipientes junto a sus puertas. A eso de la medianoche, los dinosaurios grandes y pequeños recorrían el poblado bebiendo el alimento allí depositado. A la mañana siguiente, encontraron los cuencos vacíos. ¿Vacíos? ¡Qué va! ¡Repletos de besos verdes! Era la manera de darles las gracias.

Nadie vio a los dinosaurios, excepto Krapika, pero sí observaron las enormes pisadas en forma de corazones que dejaban grabadas en el suelo de las calles y sobre las rocas de las montañas más altas. 

¿Dónde estaban? ¿Dónde habían ido? Los que sí sabían dónde se ocultaban eran la niña Krapika, los pinceles de Fernando Noriega y las palabras de José González Torices que han narrado esta peculiar historia.

—¿Dónde estaban los dinosaurios?

Os lo decimos:

—¡Dentro del corazón de cada ser humano!

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