El 4×4

La anécdota que os relato este mes me enseñó que estar enemistado con alguien nos afecta personalmente, por eso es siempre bueno buscar caminos de reconciliación.

Texto: Enrique Bayo
Ilustración: bayomata

En 2010 fui destinado al centro de animación misionera Afriquespoir en Kinshasa, (República Democrática de Congo)  y para mis desplazamientos heredé una Suzuki Jimny, un coche pequeñito pero con mucha potencia y fácil de conducir que me permitía llegar a «casi» todos los rincones de la ciudad. Continuamente me movía por la enorme urbe de Kinshasa con sus más de 11 millones de habitantes para distribuir revistas y libros, encontrar a los párrocos para que los domingos nos permitieran hacer suscripciones de nuestra revista en sus parroquias, visitar a personas, hacer las compras, ir al aeropuerto a buscar o dejar a alguien y, al menos una tarde por semana, participar en la reunión de alguno de los 27 Cenáculos de Oración Misionera que acompañaba como capellán.

Antes he escrito «casi» porque Kinshasa, a pesar de ser la capital del país, no dispone de buenas carreteras. Cuando dejas las asfaltadas vías principales y entras en los barrios, puedes encontrarte con bancos de arena, agujeros o piedras y durante la estación de lluvias con barro y enormes charcos. Para atravesar aquellos puntos más difíciles, recurría a la tracción a las cuatro ruedas (4×4) de mi Suzuki Jimny y con un poco de pericia al volante los sorteaba y seguía adelante. De repente, un día el 4×4 dejó de funcionar y las semanas siguientes fueron un infierno para mí porque el coche se quedaba atascado en lugares que antes había atravesado sin problemas. Más de una vez tuvieron que ayudarme a empujar el vehículo, y otras veces dejé de ir a ciertos sitios por miedo al potopoto, que es como se llama «barro» en lingala. Tenía que encontrar una solución.

Es importante buscar la reconciliación siempre que sea posible. Os lo cuento con una pequeña anécdota que viví en Kinshasa (RDC).
Arreglando mi 4×4

Simón

Los talleres oficiales de Suzuki o Toyota en Kinshasa te garantizan piezas de recambio originales, pero son «hipercarísimos» así que la mayoría de la gente recurre a talleres alternativos y al mercado de piezas de segunda mano para salir del apuro. Así hice yo.

Pegadito al muro de la comunidad de Lemba, entonces sede del centro Afriquespoir, había un tallercito en plena calle que hacía un poco de todo. Su responsable se llamaba Simón y yo lo llamaba con cierta frecuencia para pequeñas reparaciones, como arreglar un pinchazo, instalar un aplique eléctrico, hacer funcionar la cisterna del baño o arrancar nuestro grupo electrógeno cada vez que se descargaba la batería. Cuando le dije a Simón que se había estropeado el 4×4, vino a examinar el Suzuki Jimny y me aseguró que podía arreglarlo. Me pidió 100 dólares para comprar una pieza de segunda mano, y esa misma mañana Simón y los chicos de su taller se pusieron a reparar el vehículo.

Al cabo de dos horas el trabajo estaba terminado. Le pregunté a Simón que dónde estaba la pieza que habían cambiado y me dijo que se la había llevado un chatarrero. Supe enseguida que no era verdad y que habían reutilizado la antigua pieza para quedarse con el dinero.

Cuando al día siguiente me quedé atascado en el primer barrizal que encontré, me sentí estafado y me enfadé muchísimo. De regreso a casa, le dije a Simón que jamás volvería a contar con sus servicios y el de sus amigos «pseudomecánicos». Y ciertamente así fue durante un tiempo, a pesar de que el grupo electrógeno seguía fallando de vez en cuando y los objetos que se estropeaban no encontraban manos expertas que los arreglaran. Me di cuenta de lo importante que habían sido las ayudas puntuales de Simón. Un día, la rama de un árbol se partió y dañó una plancha de zinc del techo de nuestra casa, así que volví a llamar a Simón y a sus amigos. Vinieron enseguida e hicieron el trabajo sin pedir nada a cambio. No hubo palabras entre nosotros, pero volvimos a ser amigos. Faltaban solo unos días para la celebración de la Pascua.

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