La madre de Aguka Salim

Texto: José González Torices
Ilustraciones: Fernando Noriega

La mamá de Aguka Salim se llamaba Hamu. Dios le había regalado dos hijos y una hija. Cada año, al llegar el Día de la Madre, se reunían todos en la casa familiar para obsequiarle con rosas y besos, y también para agradecerle lo mucho que había trabajado por ellos en la vida desde que nacieron.

Hamu era muy feliz al verse rodeada por el cariño de su gente, especialmente por los nietos, a los que tanto quería. 

Tunka, su marido –que era cocinero y poeta–, siempre preparaba una exquisita tarta de chocolate con la inscripción: «¡A la mejor madre del mundo!». Un día se despistó y una comparsa de ratones listillos, sin saberlo los gatos, se la estropició. Fue algo divertido. La mamá dijo, exculpando a los roedores, que «ellos también tienen derecho a celebrar el Día de la Madre». A todo sudor, preparó otra utilizando un huevo de avestruz con azúcar de mango. La dejó reposar en el patio, junto a las cabritas, para que oliera mejor a leche. Pero pronto una bandada de gorriones se la llevó a las nubes y desapareció. Hamu volvió a decir que «ellos también tienen derecho a celebrar el Día de la Madre. Y si alguna madre de aquellos pájaros ha fallecido, y en el cielo está, mejor que comparta la tarta con sus hijos aún vivos».

Tunka, el esposo, estaba desesperado. Incluso las flores de su jardín, las frutas de sus árboles, los tomates de su huerto y un libro de poemas con versos que él mismo había compuesto para su esposa con motivo del Día de la Madre, también habían desaparecido. 

–¡Esta fechoría no puedo consentirla! Tendré que avisar a la policía.

Un grupo de agentes del orden le respondió:

–Ya lo sentimos, señor Tunka. Mañana es el Día de la Madre y tenemos que ir a felicitarla. No estamos de servicio. Y, además, la gente en ese día es bondadosa y no molesta. 

Tunka se lo dijo a todos los soldados de la guerra, a los tanques y aviones de combate que disparaban bombas y destruían todo, a las gentes que iban siempre con sus pistolas dentro de su corazón.

Todos ellos le respondieron: 

–Mañana es el día de nuestras madres. El Día de la Madre es el Día de la Paz. Ese día lo dedicamos a reflexionar si nos tenemos que matar unos y otros, pues todos somos hermanos, hijos del mismo Padre Dios. Nuestras madres no lo permitirían. 

De igual modo, acudió a todos los animales de la selva, del mar y del aire para que le ayudasen a encontrar a  esos «delincuentes misteriosos».

Todos se excusaron:

–Estamos ocupados. Mañana celebramos el Día de la Madre y no podemos ayudarte. Perdón, señor Tunka.

Mamá Hamu volvió a repetir que «ellos también tienen derecho a ­celebrar ese día tan especial. Solo tenemos una madre. Y, tanto en la tierra como en el cielo, nunca nos separaríamos de ella. Ni ella de nosotros».

Pero aquel año, madre Hamu se encontraba preocupada y triste. Aguka Salim no estaba con ellos. Nunca había faltado a la cita anual. Hamu sospechaba que tampoco vendría. De ahí su pena. ¿Y si se hubiera ahogado en el mar?

Aguka Salim tuvo que dejar, por necesidad, la casa de sus humildes y pobres padres para huir de la miseria, el hambre y las guerras. Su deseo era venir a España, si le permitían cruzar la frontera. Cuando había realizado todas las gestiones y pagos para poder realizar el viaje en patera tuvo la suerte de encontrar, cerca de las montañas del Atlas, a Gulo, un buitre leonado al cual salvó la vida de pequeño cuando fue atacado por una hiena. 

Gulo le dijo agradecido al reconocerlo:

–Aguka Salim, monta sobre mí. Mis alas te llevarán. Vamos.

Así fue como cruzó los mares, montes, ciudades y pueblos. Hasta llegar a una colonia de buitres leonados en las hoces del río Duratón, provincia de Segovia. Allí permaneció Aguka Salim cuidando aquella reserva de quebrantahuesos y otros voladores silvestres.

La mamá Humu estaba triste. Su hijo Aguka Salim no vendría a felicitarla. 

–No vendrá –repetía su angustia dentro de sus lágrimas.

Pero sí llegó el 7 de mayo, Día de la Madre. Y lo hizo montado sobre Gulo. Con ellos, recitando los versos del libro de poemas que Tunka había compuesto para su mujer, 575 parejas de buitres negros y calimoches, volaban recitando aquellas estrofas poéticas en honor de la madre Hamu. Luego se supo que Gulo las había sustraído para que las aprendieran todos los hijos del mundo.

Así llegaron. Así aparecieron por sorpresa para celebrar el Día de la Madre. Así aquellos «ladronzuelos» de la tarta y de los frutales también venían, gozosos, con sus madres, a celebrar juntos el día, el Día de la Mamá, o el Día de la Madre, que da lo mismo. 

Humu abrazó a su hijo con el corazón saltando de gozo, y exclamó:

–Mi corazón os quiere mucho mis hijos e hijas.

Y todos los hijos e hijas nacidos de su vientre respondieron cantando el Himno a la Alegría. Después exclamaron a la vez, en compañía de todos los seres del planeta Tierra:

–Gracias, madres por habernos tenido. Nosotros hemos tenido mucha suerte. Nosotros también os queremos más que a todos los besos, ¡Vivan las madres de todo el mundo!

Un ratoncillo huérfano, mirando al cielo, con los brazos en alto, muy emocionado, gritó:

–¡Hola, mamá!

Y su mamá le estuvo lloviendo besos durante todos los días del año.

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