Acompañar y Aprender

Una de las actividades que más me enriquecieron durante los años que estuve en Kinshasa, capital de República Democrática de Congo, fue acompañar a diferentes grupos misioneros. Dediqué bastante tiempo y energía a este servicio, pero fui recompensado con creces.

Texto: Enrique Bayo
Ilustración: bayomata

Desde marzo de 2010 hasta abril de 2017 estuve destinado en Kinshasa, una ciudad enorme donde los católicos se cuentan por millones y las parroquias por cientos. Me enviaron a Kinshasa para trabajar, sobre todo, en nuestra revista misionera Afriquespoir, pero nada más llegar también me pidieron que sustituyera a un compañero como capellán de varios grupos misioneros, entre los cuales el más importante eran los Cenáculos de Oración Misionera, que nombrábamos por sus siglas en francés, CPM (Cénacles de Prière Missionnaire). Me ayudaban en este servicio la Hna. Dina Ramos, comboniana brasileña, Dieudonné Likambo, papá Mulopo, mamá Francine Kazaku y algunas otras personas que formábamos el equipo de coordinación de los CPM.

Los CPM de Kinshasa eran 27, desparramados en 27 parroquias, muy lejanas las unas de las otras. Cada CPM estaba constituido por un grupito de cristianos que se reunían habitualmente una vez a la semana para escuchar la Palabra de Dios, rezar juntos, compartir la vida y programar pequeñas actividades misioneras. Los diferentes CPM estaban aglutinados en varias coordinaciones y tenían reuniones mensuales de programación, pero además, el primer domingo de noviembre tenía lugar el Congreso de todos los CPM de Kinshasa. Nos juntábamos en una gran sala más de 300 personas para pasar juntos una jornada de formación y fraternización.

Los miembros de cada uno de los CPM se conocían bien y enseguida nacía la confianza mutua, aunque tampoco faltaban los pequeños problemas y los malentendidos que minaban la fraternidad. En estos casos, o cuando constatábamos que algún CPM perdía entusiasmo, yo, como capellán, y alguno de los miembros del equipo de coordinación acudíamos en su ayuda.

Papá Mulopo

Claro, no visitábamos solo los CPM cuando atravesaban dificultades, sino que íbamos de vez en cuando a cualquier CPM el día, la hora y en el lugar donde se reunían para estar con ellos y participar en sus reuniones. Me acuerdo mucho de papá Mulopo, porque cuando visitaba con él algún CPM, comenzaba el encuentro con una lectura bíblica y luego, dirigiéndose a mí me decía: «padre, coméntenos este pasaje» y yo tenía que estrujarme las meninges para decir algunas palabras con sentido que realmente ayudaran a comprender el texto. Papá Mulopo nunca me decía con antelación el texto bíblico que había elegido y yo tampoco quería que me lo dijese, sino que aceptaba el reto confiando en que el Espíritu Santo me iluminaría.

Para los cristianos de Congo, el sacerdote es un «hombre de Dios» que conoce bien la Biblia y que debe estar siempre dispuesto a explicarla y ayudar a comprenderla. Ello prueba el gran cariño y confianza que los católicos congoleños tienen hacia los sacerdotes, algo que yo no quería defraudar.

Además de visitar distintos CPM en diferentes ocasiones, yo participaba cada semana en el CPM S. Agustín, el más cercano a la comunidad donde vivía. No participaba como capellán, sino como un miembro más del cenáculo, compartiendo y escuchando. Fue una experiencia maravillosa que me ayudó a comprender algo que la Iglesia ha sabido siempre: que no se puede ser cristiano en solitario, que necesitamos comunidades de referencia en las que podamos expresarnos, compartir con libertad nuestra fe y sostenernos mutuamente. Para mí, aquel cenáculo fue una escuela de formación humana y cristiana y creo sinceramente que todos los que queremos seguir a Jesús necesitamos algo parecido. En nuestra España de hoy, corremos el riesgo de ser engullidos por la mundanidad y la apatía si dejamos de orar personalmente y si no creamos espacios para compartir nuestra fe con otros hermanos.

Yo, explicando un texto bíblico en una comunidad

S. Agustín

Además de visitar distintos CPM en diferentes ocasiones, yo participaba cada semana en el CPM S. Agustín, el más cercano a la comunidad donde vivía. No participaba como capellán, sino como un miembro más del cenáculo, compartiendo y escuchando. Fue una experiencia maravillosa que me ayudó a comprender algo que la Iglesia ha sabido siempre: que no se puede ser cristiano en solitario, que necesitamos comunidades de referencia en las que podamos expresarnos, compartir con libertad nuestra fe y sostenernos mutuamente. Para mí, aquel cenáculo fue una escuela de formación humana y cristiana y creo sinceramente que todos los que queremos seguir a Jesús necesitamos algo parecido. En nuestra España de hoy, corremos el riesgo de ser engullidos por la mundanidad y la apatía si dejamos de orar personalmente y si no creamos espacios para compartir nuestra fe con otros hermanos.

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