Una mascota diferente

Texto: Patricia Gayán
Ilustraciones: Fernando Noriega

Camila fue al cole esa mañana y, como todos los lunes, esperó impaciente a la señorita… 

Cada lunes la seño programaba algo especial para la semana.

–Tengo una gran noticia para vosotros –exclamó nada más entrar–.Mañana es «El día de las mascotas», cada uno podréis traer la vuestra.

Todos los niños se excitaron mucho.

–Yo traeré mi tortuga.

–Y yo mi pato.

–¡Yo también tengo un pato!

Todos tenían una mascota menos Camila.

Su padre era  alérgico a todos los bichos. O eso decía él. 

–Me he hecho las pruebas. Ni gatos, ni hámsteres, ni conejos… 

–¿Y una serpiente? –preguntó Camila esperanzada–. No tiene pelo.

–Demasiado peligrosa, Camila.

Sus padres eran inflexibles con el tema de las mascotas.

Esa tarde, después de comer, Camila habló con su abuelo. El abuelo había vivido en África un montón de años. Había sido guía, explorador, incluso había ayudado a quitar trampas para animales…

Era un abuelo genial. Camila podía hablar horas con él. Sabía muchísimo sobre todos los animales: serpientes, aves, insectos y…  ¡gorilas! Los preferidos de Camila. Y, además, la entendía.

–Creo que tengo la solución a tu problema. Deja los deberes, tenemos algo muy importante que hacer, pero antes debemos equiparnos.

Al momento, volvió vestido como un auténtico explorador de la selva. De los bolsillos del chaleco sobresalían un sinfín de cosas raras y, por supuesto, su navajita multiusos de la que no se separaba nunca.

 En el autobús la gente les miraba raro. Al abuelo no le importaba nada. 

Se bajaron en la última parada justo delante de una puerta de hierro gigante donde se leía: «Zoológico».

Camila no había estado en un zoo antes y no estaba segura de si ver animales enjaulados le iba a gustar. –Creo que me gustaría cuidar animales como hacías tú de joven –dijo muy seria.

El abuelo no quiso decirle en ese momento que había trabajado como vigilante de un cole toda su vida. No quería decepcionarla. Le encantaba que su nieta creyera que había sido un gran explorador. En el fondo se sentía así, pues ese era su sueño desde niño. «De todas formas –sonrió para sus adentros– un cole no deja de ser como la jungla».

–Ahora vamos a un sitio muy especial, tú sígueme.

Anduvieron entre las jaulas mucho rato, reptaron entre los setos, esquivaron a un par de guardias y a tres pavos reales que andaban sueltos pavoneándose. 

El abuelo sacó unos prismáticos del chaleco. ¡Lo tengo! –gritó entusiasmado.

Cogió a Camila de la mano y la arrastró a toda velocidad.

–Vaya, abuelo, estás en forma  –rio la niña.

Se detuvieron ante una enorme jaula. En ella, estaba el gorila más grande que Camila había visto jamás. Aunque, en realidad, nunca había visto uno de carne y hueso, pero en documentales de la tele, sí. Muchísimos. Sabía que vivían en los bosques africanos, que eran los primates más grandes que existen, que eran herbívoros…

También sabía que estaban en peligro de extinción porque durante mucho tiempo los cazadores furtivos los habían perseguido.

–Ahí tienes tu mascota.

–¿En serio, abuelo?

–No he hablado tan en serio en mi vida Camila. Mientras lo decía, el abuelo había abierto la jaula con su navaja.

¡Pe…pe…pero,abuelo! Un gorila no es una mascota –balbuceó Camila.

Miró al gorila, parecía muy contento. Lo agarró y corrió detrás del abuelo, que se dirigía a la salida. Varios vigilantes muy enfadados los perseguían mientras los pavos reales intentaban picarlos. 

–No podemos coger el autobús, ¿verdad, abuelo? –resopló Camila. 

–Me temo que no –rio el abuelo. –Eso sí, tu padre no podrá decir que tiene alergia al pelo de gorila. De esto no se ha hecho las pruebas.

Los dos se miraron con complicidad y soltaron una gran carcajada.

Fue muy difícil meter al gorila en el garaje y, aún más, bajarlo del árbol del jardín que le recordaba a sus bosques africanos. Encima, se zampó toda la fruta de la semana.

Es que… tenía mucha hambre –se excusó Camila cuando su madre abrió la nevera. Me la comí toda.

–Si tú nunca quieres la fruta –le contestó su madre con la mirada de las madres cuando sospechan algo.

Ya en su cama, Camila estaba tan nerviosa con «El Día de las Mascotas» que casi no podía dormir. Primero, fue a ver cómo estaba el gorila, después, a hurtadillas, fue al cuarto de su abuelo.

–Shhhht, abuelo, abuelo–. 

La niña se acercó a la cama y le plantó un gran beso en la mejilla. 

–A mí me da igual que fueras vigilante de un colegio, porque en realidad SÍ QUE ERES UN GRAN EXPLORADOR –con esta confesión se durmió abrazada a él, soñando con la mañana siguiente. El abuelo también se durmió con una enorme sonrisa en la boca. 

Mientras, en el garaje, el gorila dormía a pata suelta, abrazado a sus plátanos.

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