El torneo de fútbol

El ejercicio físico es beneficioso para la salud corporal y mental. Si nos animamos a practicar un deporte, hagámoslo siempre con espíritu deportivo.

Texto: Enrique Bayo
Ilustraciones: bayomata

Seguro que a muchos de vosotros os gusta el deporte e incluso practicáis algún deporte de competición, donde unos ganan y otros pierden. Si es así, mi consejo es que no os obsesionéis con vencer a toda costa porque entonces el deporte puede desnaturalizarse y sacar lo peor que hay de nosotros. Os digo esto porque de entre las muchísimas experiencias positivas que tuve acompañando a los jóvenes de mi parroquia Sainte Anne de Isiro, en República Democrática de Congo, también viví una relacionada con el fútbol que nada tenía que ver con la deportividad.

Eran muchos los jóvenes que frecuentaban nuestra parroquia y que participaban en los diferentes grupos infantiles y juveniles que yo acompañaba. Entre las actividades formativas que se organizaban también había espacio para el deporte, sobre todo el fútbol. Los misioneros que me precedieron habían allanado un terreno junto a la iglesia parroquial donde hicieron un sencillo campo de hierba natural y aunque en las zonas más pisoteadas la hierba escaseaba un poco, era un lugar fantástico para la práctica del fútbol.

Yo prestaba el balón para que los jóvenes jugasen fuera de los horarios escolares y de los domingos por la mañana, para que no hicieran ruido durante las celebraciones eucarísticas; sin embargo, por las tardes se organizaban partidos entre jóvenes de diferentes comunidades eclesiales de la parroquia. Muchísima gente rodeaba el campo para verlos y verlas, porque también había partidos femeninos. Eran partidos intensos, pero como los chicos y chicas se conocían bien los vivían con bastante deportividad, por eso me sorprendió tanto lo que pasó después y que ahora os cuento.

Niños jugando al futbol

Otras parroquias de lsiro también tenían campo de fútbol y, como una vez al mes nos reuníamos los responsables de la pastoral juvenil de la ciudad, decidimos organizar un torneo de fútbol interparroquial. Los participantes tenían que ser menores de 18 años y formar parte de algún grupo juvenil parroquial.

A los jóvenes de Sainte Anne les entusiasmó la iniciativa. Desde Italia me habían enviado balones y dos equipaciones completas de ropa deportiva que puse a disposición de los chavales. Todo era ilusión y alegría, pero poco a poco la cosa se fue enredando. En los entrenamientos veía a chicos que no conocía. Al preguntarles a qué grupo parroquial pertenecían me mentían y los jóvenes que sí conocía confirmaban la mentira. Eso no me gustó nada, así que hablé con el entrenador, un monitor de la parroquia que hasta ese momento tenía mi confianza. Le dije que excluyera del equipo a todos los jóvenes que no estuvieran inscritos en los grupos parroquiales. No me hizo caso.

La competición

Lo que debería haber sido una actividad deportiva entre jóvenes cristianos de las parroquias de Isiro para entablar lazos de amistad se convirtió en una competición terrible donde todos querían ganar a cualquier precio. También en las otras parroquias los jóvenes habían buscado por sus barrios y fuera de ellos, incluso entre chicos ajenos a la Iglesia, a los mejores jugadores y los habían «fichado» para ser más competitivos, desobedeciendo así las normas del torneo. Los otros sacerdotes responsables de la pastoral juvenil estaban tan desconcertados como yo porque tampoco conocían a algunos de los jugadores de sus equipos. Deberíamos haber suspendido aquel torneo, pero no lo hicimos.

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